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La demonización de la mujer en la Iglesia Católica

Para dar respuesta a estas preguntas, tendríamos que remontarnos a la época de Jesús: la mujer era vista como un ser sin autoridad, marginada de toda decisión, hasta sobre su propia vida. Desde la infancia soportaba todas las cargas, no se le permitía estudiar, contraía matrimonios previamente concertados siendo aún niñas pasando de la tutela del padre a la del marido, sufriendo partos y maternidades seguidas o, aún peor, si era estéril (situación considerada vergonzante). Si era repudiada por el marido o enviudaba quedaba totalmente desprotegida. Pero además se la consideraba impura: el judío religioso debía evitar el trato con la mujer y no debía ni siquiera mirarla.

Jesús rompe con las prescripciones rabínicas misóginas: es acompañado por mujeres, habla con ellas, afirma que tienen derecho a escuchar lo que dicen los maestros de la ley y a conversar con él en igualdad con los hombres. 

Cuando Jesús muere en la cruz, las mujeres que le seguían son testigos de esta muerte y no le abandonan. Marcos afirma que Jesús resucitado se apareció primero a María Magdalena. Los críticos conceden a esta frase una seria probabilidad histórica por lo extraordinario, teniendo en cuenta que la mujer no podía dar testimonio legal. Esta afirmación estuvo compitiendo en la primitiva iglesia con otra presente en los evangelios que presenta a Pedro como el primer testigo de la resurrección. Teniendo esto en cuenta ya podemos empezar a vislumbrar las primeras discusiones sobre el papel de la mujer. 

Hemos hecho alusión a un personaje crucial: María Magdalena, la cual reúne todas las cualidades para ser considerada apóstol de Jesús, es más, se le dio el título de apóstol de los apóstoles, en los evangelios aparece como amada por Jesús (equivalente femenino de Juan) y su seguidora desde los inicios, enviada por Jesús a dar la buena nueva, testigo de su muerte y primer testigo de su resurrección. 

Tuvo su comunidad y se escribió el Evangelio de María Magdalena, declarado apócrifo por la tradición eclesial. Con el paso de los años su figura y su labor fue anulada y obviada pasando a ser la prostituta redimida por Jesús. ¿Por qué tal negación? Parece que tuvo divergencias con el resto de los apóstoles, los cuales no lo olvidemos, seguían siendo judíos en una sociedad judía y no podía verse con buenos ojos que una mujer los guiara; pudo surgir la envidia y el desprecio patente hacia una mujer que quizás si fue capaz de entender el mensaje que Jesús vino a dar. 

La iglesia primitiva parte de la afirmación radical de que para Dios no existe la diferencia de sexos: el Espíritu se derrama por igual en hombres y mujeres. Según estudios teológicos recientes, las mujeres ejercieron funciones ministeriales y directivas en el cristianismo primitivo y podían presidir la celebración eucarística de las comunidades, existen prescripciones conciliares en los siglos III y IV sobre el estatuto de la mujer diaconisa, por lo tanto, todas las objeciones al ministerio de la mujer quedan devaluadas, sin embargo, todo esto que en su origen fue normal se redujo progresivamente hasta un ministerio únicamente masculino; la semilla de igualdad sembrada por Jesús, se fue ahogando poco a poco con la sociedad patriarcal y androcéntrica que existía y sigue existiendo. 

Es importante hacer un inciso también sobre la figura de María, que le evangelio presenta como la profeta del Magnificat (que anuncia un Dios que derriba del trono a los poderosos), equivalente a la madre, mujer sencilla, orante, comprometida, valiente y seguidora de Jesús hasta su muerte. Pues bien en los siglos II y III se desarrolla una ” Marianología” que presenta a María como un ser puro y angelical, una mujer divina a la que se le colma de joyas y títulos. Se trata de neutralizar su sexualidad separando a la virgen diosa de la mujer real. En el fondo se utiliza a María para despreciar a la mujer, porque la mujer normal que valora su sexualidad y la relación en pareja es considerada impura y sucia. Como consecuencia también se hace renunciar a los sacerdotes al matrimonio, por esa negativización del sexo y de la mujer. 

Sigamos avanzando en nuestro análisis; en casi todas las culturas prehistóricas eran las mujeres, en la mayoría de los casos, las encargadas de realizar ritos destinados a propiciar la caza, mejorar las cosechas, la fertilidad etc., tradición que se ha mantenido de alguna u otra manera en el seno de las sociedades hasta prácticamente la actualidad. 

Sin embargo, en algún momento cercano al año 1.000 de nuestra era, la iglesia comenzó a preocuparse ya que, de alguna manera, su poder se veía mermado. ¿Cómo se llegó a esta situación? Por un lado, con la aparición de las llamadas herejías, palabra de origen griego que significa “separados”. Por otro, la ignorancia de la época propiciaba la creencia del pueblo en determinadas personas dotadas de algún don especial a las que acudían para solucionar sus problemas, en lugar de consultar al sacerdote, con lo cual, el clero dejaba de ser el único y verdadero intermediario entre Dios y los hombres; ahora eran los brujos. 

En el caso de las herejías, la que supuso una amenaza más seria parala iglesia romana, fue la surgida en el Languedoc, lo que actualmente es el sur de Francia, los conocidos como cátaros o albigenses ya que rompían con los dogmas fundamentales de la iglesia: creían en la reencarnación y reconocían el principio femenino de la religión ya que sus predicadores y maestros (los perfectos) eran de ambos sexos, negaban la validez de todas las jerarquías clericales y la ostentación de riqueza e insistían en el conocimiento directo y personal, en la “gnosis” o conocimiento que está por encima de credos y dogmas; por todo ello, los sacerdotes, obispos y otras autoridades clericales sobraban. 

En el año 1.209 se produjo una guerra que duró casi 40 años y se conoce con el nombre de “cruzada contra los albigenses”. El exterminio fue tan grande, que bien podría considerarse como el primer caso de “genocidio” en la historia moderna de Europa. 

Para defender sus intereses, la iglesia comenzó una persecución dirigida a herejes, brujas, magos hechiceros y curanderos, metiéndolos todos en el mismo saco y acusándolos de practicar acciones ajenas a la Iglesia y a la religión, utilizando para ello, la institución creada para la supresión de la herejía por el pontificado en 1.184 mediante una bula del papa Lucio III: la Inquisición, cuya responsabilidad cayó en la orden de los dominicos. 

En lo tocante a la brujería, las mujeres se llevaron la peor parte en esta especie de “vendetta”: la superstición reinante en esa época hizo que se desatase una brutal persecución contra las acusadas de ejercer la magia y la brujería por sus conciudadanos llevados simplemente por la envidia o los celos ya que no hacían falta pruebas irrefutables para que una mujer fuese condenada. No se conoce el número total, pero a lo largo de los siglos es posible que más de un millón de personas hayan sido eliminadas por culpa de la sugestión colectiva. 

Por supuesto para “salvar a la pecadora”, nace la figura del exorcista personificado en algún miembro del clero que no hace sino que apelar también a la sugestión. Si bien en la actualidad la medicina ha demostrado la semejanza de estos síntomas con los ataques histéricos, de pánico y la epilepsia, 500 años atrás, un ataque de éstos podría terminar con alguien torturado y quemado vivo. 

Los papas lograron institucionalizar y dar cierto matiz legal y terrenal a las persecuciones, incitando a los príncipes a aplicar sanciones, codificarlas y convertirlas en leyes, apremiando al poder secular para que las hiciera cumplir. 

La gran caza de brujas no pudo producirse hasta que los miembros de las élites dirigentes, en especial los de la maquinaria judicial no creyesen que el “delito” era de la máxima magnitud, produciendo ciertas innovaciones legales entre los siglos XIII y XVI, adoptando el procedimiento inquisitorial de procedimiento criminal lo que hizo mucho más sencilla la incoación y enjuiciamiento en caso de brujería. 

Asimismo, era necesario hacer creer a las clases populares que el delito tenía naturaleza diabólica, ya que se establecía un pacto con el diablo, pacto que sentó las bases del delito de brujería y que fue ampliamente desarrollado en manuales como el “Malleus Maleficarum“, o “El martillo de los brujos“, primer tratado de gran importancia que hizo accesible al público el concepto de brujería; publicado por primera vez en 1.486 y escrito por dos inquisidores: Heinrich Kramer y Jacob Sprenger. 

La creencia del pueblo en la brujería resta influjo a la iglesia, la cual no pierde la ocasión de constituir un enemigo real y letal para sus intereses capaz de manifestarse en cualquier lugar y momento en el intangible Señor de las Tinieblas, a través de sus principales actores: las mujeres. 

Según la doctrina general sobre las brujas establecida en “El martillo”, son generalmente las mujeres las que se dan a la magia o brujería, pues desde su nacimiento están más propensas a la sensualidad y al pecado, una afirmación que se basa en las primeras páginas de la Biblia, cuando Eva seduce a Adán y lo incita a renegar del mandato divino, lo cual puede ser el origen del manifiesto antifeminismo clerical. 

A partir de ese instante, que se hace constante y perenne en la historia del cristianismo, las mujeres están bajo castigo por causa de pecado, sometidas a la voluntad masculina y siempre bajo sospecha y temidas por ser potencial fuente de una seducción que conduce al mal. 

Aunque el Malleus Maleficarum es un corpus jurídico en el que se entremezclan preceptos de derecho penal y nociones de criminalística, en el texto salta a la vista que su acento mayor está puesto en el papel herético que la mujer cumple y ha cumplido desde que el mundo es mundo. 

Condenadas por los teólogos medievales, también en los tiempos post-escoláticos, existe una verdadera misoginia y una intensa, aunque a veces solapada persecución. Todo ello indica por qué tales “criaturas pecadoras” no fueron escogidas para canales de la gracia de Dios. 

Teniendo en cuenta estos argumentos, podríamos decir que la Iglesia Católica sigue anclada en el pasado, prisionera consentida de unos prejuicios tradicionales y de una concepción negativa de la mujer que no ha sabido o no ha querido enmendar, haciendo oídos sordos al reconocimiento del derecho universal a la igualdad y a la no discriminación de la mujer, justificando con su práctica y su lenguaje la primacía del hombre con peligrosas consecuencias en la sociedad actual, por ejemplo en un tema tan sensible como el maltrato doméstico y la violencia de género que hunden sus raíces en esa pretendida superioridad masculina, o simplemente obviando su sexualidad, negando el uso de anticonceptivos con el riesgo de embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual, dando por hecho, en definitiva que su única función es traer hijos al mundo y ser esposa amantísima, lo contrario sería ir contra la voluntad de Dios, lo cual como hemos visto, en otros tiempos hubiera supuesto la hoguera. 

Hoy en día, afortunadamente, no llegamos a unas medidas tan drásticas; la mujer tiene acceso libre al conocimiento, al estudio y al razonamiento (aunque desgraciadamente sigan existiendo sociedades puramente machistas), es consciente de que tiene derecho a decidir sobre su persona, sobre su vida, a coger el camino que estime oportuno, aunque todavía hoy en día, la sombra de la iglesia es muy alargada y las familias siguen inculcando a sus hijas desde pequeñas cual es el rol femenino, potenciándolo con creencias religiosas demasiado enraizadas en nuestra sociedad. 

No se es más inteligente, más bueno, más sensible, más fuerte etc. por ser hombre o mujer. Se es persona, con sus defectos y sus virtudes, en igualdad de condiciones, de oportunidades y sobre todo con libertad de pensamiento para descubrir, para aprender, equivocarse y saber rectificar, en una palabra, evolucionar para llegar a lo divino a través de lo humano, llegar a la perfección a través de la imperfección. 

Quizás ese era el mensaje de un tal Jesús demasiado adelantado para una época en la que muy pocos supieron entenderlo, entre ellos, una mujer.

 

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