Siglo XVI

La era de los reyes

Francisco pertenecía a dos importantes Casas: por parte de su padre, a la de Orleáns y por parte de su madre, a la de Saboya, si bien él era miembro de la rama familiar de Angulema, por parte de la Casa de Orleáns. Pero la Casa de Saboya era aún más antigua y por aquel entonces más importante e influyente que la de Orleans y desde luego la unión matrimonial entre los padres del rey Francisco, Carlos de Orleáns y Luisa de Saboya sería una boda de Estado que encumbraría aún más a la Casa de Saboya aunque sería el siglo XVI el que vería el comienzo de su decadencia pues los Habsburgo se pudieron en su camino y ante su empuje poco pudieron hacer.

El rey Francisco estaba obsesionado con la idea de vencer de algún modo al emperador Carlos pero resultaba una tarea ardua difícil. El rey de España y emperador de Alemania era un buen estratega y su poder inmenso, además de su influencia por lo que resultaba un enemigo muy difícil de batir y conseguir aliados contra España y la Casa de los Austrias era casi imposible ya que contaban con enormes riquezas procedentes de América con las que pagaban a sus acreedores regularmente por lo que nadie osaba en la primera mitad del siglo XVI decir o hacer nada que pudiera molestar al emperador y mucho menos desde que saqueara con sus tercios Roma, la ciudad sagrada, sede de los Papas, lo que causó tal estupor que Francisco no pudo sino seguir su enfrentamiento sólo.

A raíz del descontento de Enrique VIII con el emperador Carlos al romper éste su tratado con Inglaterra, Francisco intentó una alianza con Enrique, pero fracasó igualmente.

En Italia, los tercios imperiales campaban a sus anchas de un lado para otro y los franceses salieron muy mal parados de sus enfrentamientos con esos salvajes de tantas nacionalidades distintas que componían el ejército imperial: españoles, alemanes, belgas… Más valía no cruzarte en su camino si no habían recibido a tiempo su salario porque su reacción era impredecible.

Francisco intentaba olvidarse de sus fracasos en el campo de batalla contemplando la obra de sus admirados y protegidos artistas a los que veneraba: Leonardo da Vinci, Cellini (éste se encontraba en Roma durante el saqueo y sabemos bastante de lo ocurrido por su relato posterior), Budé, Rabelais. Sin duda, la Corte de Francisco I fue el centro del humanismo y esto Carlos I de España lo sabía por lo que rivalizó con Francisco en este campo pero aquí, a pesar de todo el poder imperial, Francisco obtuvo su gran victoria.

Pero el reino estaba amenazado. Los dominios imperiales rodeaban a Francia casi ahogándola. En el interior, las finanzas entraban en crisis ya que no contaba con la riqueza de España y el boato de la Corte, con el que causar envidia al emperador, costaba mucho dinero, sin embargo Francisco hizo alguna que otra cosa bien: sustituyó el latín por el francés como lengua oficial del reino y no le prestó demasiada atención a la Iglesia aunque era consciente del poder de la misma por lo que no le dio del todo de lado, incluso la defendió del ataque de los calvinistas. Con respecto a la lengua oficial del Estado, el francés era el idioma hablado en la práctica pero aún se utilizaba el latín para documentos oficiales y actos institucionales lo que resultaba absurdo ya que pocos lo entendían.

Las sucesivas guerras con España supusieron una sangría económica que el reino no podía soportar a pesar de haber sido hecho prisionero por el emperador, pero aún así, Francisco era un hombre rencoroso que no olvidaba y siguió batallando en todos los frentes a Carlos.

Cuando se enfrentaron por primera vez, Francisco tenía 22 años y Carlos tan solo 16, siendo éste archiduque de Flandes. Carlos le resultaba insolente y había que darle una lección pero Francisco no contó con que Carlos de Gante había recibido una excelente preparación y estaba dotado de una gran valentía y astucia. Carlos estaba en el apogeo de su poder tanto terrenal como personal: creía en un proyecto universal y él podría ser el rey del Mundo ya que todo parecía indicar que el Imperio Romano resurgía en la figura del emperador que había alcanzado el trono imperial a los 19 años.

Francisco, por su parte, era impetuoso, aventurero, deportista y muy ambicioso, con lo que el carácter de ambos les animaba al enfrentamiento y Europa, en la primera mitad del siglo XVI se dirimía entre el apoyo a Carlos o a Francisco. Al emperador le tenían miedo y a Francisco respeto pero eran los dos poderes en la época y había que decantarse. Cuando el rey de Francia conquistó el Milanesado, desbaratando los planes de la Liga formada por Inglaterra, Austria, los Estados Pontificios y Flandes, Europa creyó que estaban ante el nuevo poder y que ya nada frenaría a Francia. Así debió de creerlo también Francisco pues presentó su candidatura al trono imperial tan solo tres años después pero la rivalidad entre Carlos y Francisco era ya patente. El rey de Francia estaba avalado por sus éxitos militares, era seis años mayor que Carlos y poseía dinero procedente de sus campañas para sobornar a los electores sin embargo hacía falta aún más y los banqueros alemanes no eran fáciles de convencer con un rey de España crecido que sacaba dinero de no se sabía donde (las Cortes de Castilla y Aragón le dieron 800.000 ducados y además contaba con la ayuda del banquero Jacobo Fugger).

Francisco estaba desesperado. Si Carlos conseguía el trono imperial sería el fin de Francia. Había que impedirlo, pero al final resultó imposible y Carlos, ya nombrado emperador, reinició sus contiendas con Francisco pues no había olvidado su derrota en Italia como tampoco olvidó que el Papa le permitiera a Francisco nombrar a los obispos franceses a su real criterio. Esta situación iba a acabar; el emperador se lo había propuesto y casi nada tenía importancia para él excepto ahogar a Francia y a su arrogante monarca, Francisco.

Otras cuestiones quedaron de lado, como las infraestructuras que Castilla necesitaba o los desmanes que se decía llevaban a cabo las huestes españolas en las Indias occidentales. Lo importante era eliminar al gran enemigo, Francisco.

El odio era mutuo, por lo tanto, sobre todo desde que Carlos le arrebatara a Francisco la posibilidad de ser coronado emperador (lo que también cabía esperarse pues su familia, los Austrias, estaban muy bien situados en este sentido).

En la primera guerra con España, Francisco pierde el Milanesado, Parma, Piacenza, Génova y Pavía. Además sufrió la traición de su consejero, de la familia de Borbón e incluso el rey fue apresado, siendo conducido a Madrid donde permaneció durante casi un año hasta ser convencido de firmar un tratado por el que cedía ante el emperador los derechos en Italia, Borgoña y Tournay e incluso aceptaba casarse con la hermana de Carlos, Leonor.

Pero en cuanto llegó a Francia, ofendido por la humillación sufrida, volvió al ataque organizando la Liga Clementina, llamada así porque también la formaba el Papa Clemente VII, junto con Enrique VIII, dolido por el trato recibido por el emperador (la razón pudo ser las cartas que la reina de Inglaterra, tía del emperador, enviaba a su sobrino informándole del desprecio con que era tratada por su marido y de las verdaderas intenciones de Enrique que no eran más que conseguir influencia en Europa).

Enrique VIII tenía 35 años cuando se unió a la Liga Clementina contra el emperador y Francisco I la edad de 32 años. Cercanos en edad veían a Carlos, con tan solo 26 años como excesivamente arrogante, sin embargo eran tres jóvenes ambiciosos que lucharon entre ellos por el control de Europa en una aventura como pocas ha vivido el viejo continente, porque para ellos era eso, una aventura personal. El propio Enrique osó separarse de la Iglesia creando la suya propia sino se le permitía divorciarse por lo que fue excomulgado, lo que le dio igual; era deportista y ambicioso como Francisco y Carlos. El mundo no existía, solo el enfrentamiento entre los tres jóvenes monarcas y sus ambiciones personales, una carrera en la que Carlos iba ganando. Comenzó el final del reinado de la Iglesia para iniciarse el de los reyes que no respetaban nada, ni siquiera a la propia Iglesia, algo impensable en la Edad Media.

Carlos estaba harto del Papa y sus continuos cambios de bando. Era un ser aborrecible y corrupto, como todos sus cardenales. Vivían rodeados de riquezas en el Vaticano, dirigiendo la Cristiandad desde sus palacios pero quién de verdad sufría en el campo de batalla eran Carlos y sus ejércitos, además de que no recibían nunca nada a cambio de la defensa de la fe, ni dinero ni nada. El Papa merecía un escarmiento.

Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y nadie podía prever lo que ocurrió en mayo de 1527. Las tropas españolas, al mando del condestable de Borbón, que había abandonado a Francisco pasándose al bando imperial, llegaron a Roma con un grueso de casi 35.000 hombres deseosos de botín pues las soldadas, su salario, hacía tiempo que no llegaban. El Papa Clemente no podía dar crédito: las tropas imperiales amenazaban a la Ciudad eterna, el centro de Dios en La Tierra y no parecían querer negociar pues el Papa ofreció 60.000 ducados a cambio de que se marcharan pero los soldados querían más a sabiendas de las riquezas que guardaba el Vaticano. Sin embargo, esas riquezas eran sobre todo obras de arte y negocios de los que no había dinero contante y sonante en ese momento o al menos eso decían los obispos, lo que se demostraría después que no era así, digamos que Roma era una ciudad donde se aparentaba y que vivía del nombre y donde la Iglesia no era amiga de desembarazarse de su opulencia. En la colecta que hicieron sus ciudadanos, el más rico solo aportó 100 ducados, lo que resultó algo patético, sobre todo la cobardía mostrada por muchos cardenales y obispos que abandonaron a los ciudadanos a su suerte.

Roma era una ciudad bien protegida pero sus señores eran unos incompetentes que solo querían vivir cómodamente sin importarles nada más. Si hubieran destruido los puntes de piedra de acceso a la ciudad y fortalecido las defensas, las tropas imperiales lo hubieran tenido muy difícil porque no iban acompañadas de artillería, solo arcabuceros, lanceros, soldados de a pie y jinetes. Además, hubo cierto desconcierto cuando el condestable de Borbón murió en el ataque ya que los romanos se confiaron en que infundiría desánimo en las tropas españolas pero, todo lo contrario, se enfurecieron más y ahí comenzó el comienzo de los desmanes de los soldados en Roma al grito de “¡España, Imperio!”

La orgía de sangre, violaciones, robos y destrucción que acompaño al saqueo de Roma por parte del ejército imperial no es precisamente uno de los episodios más gloriosos de la Historia de España ni la de Alemania que a fin y al cabo contribuía con gran parte de los soldados.

Se violaba a todas las mujeres daba igual su edad o condición, se profanaron las tumbas, se quemaron las iglesias e incluso pasaron a cuchillo hasta a los partidarios del emperador que permanecían en Roma ya que ante tal barbarie y locura ya no distinguían a unos de otros. Las reliquias más sagradas que permanecían a la vista desaparecieron (se entiende que los tesoros más importantes fueron puestos a buen recaudo) y las pinturas, esculturas y demás obras de arte fueron destruidas en gran parte.

Se humillaba a los sacerdotes y las monjas recibían el mismo trato que las demás mujeres. Al final, la mitad de la población pereció y la otra mitad huyó o se escondió donde pudo.

El príncipe de Orange, que mandaba las tropas teóricamente, una vez murió el condestable de Borbón, no podía controlar a la soldadesca enfebrecida pero consiguió que no se saqueara la Biblioteca Vaticana pues instaló allí su residencia. Lo cierto es que los nobles que comandaban las tropas hicieron lo que estuvo en su mano para apaciguar los ánimos pero fue imposible por lo que solo cabía capitanear a las huestes e intentar en la medida de lo posible amortiguar el daño, pero aún así, las pérdidas humanas y materiales fueron las mayores que había sufrido ciudad importante alguna en toda su Historia: diez millones de ducados costó el desastre a Roma y para hacernos una idea de semejante cantidad recordaré los 800.000 ducados que las Cortes de Castilla y Aragón entregó a Carlos para luchar por el trono imperial, lo cual ya era una importantísima cantidad de dinero. Lo que resulta curioso es que muchos soldados de los que saquearon Roma eran luteranos, de ahí el odio exacerbado desplegado en la ciudad, luteranos contra los que lucharía posteriormente el emperador. La verdad es que esos protestantes vieron la posibilidad de arrasar el centro del catolicismo lo que suponía una victoria para la Reforma de Lucero por lo que se puede decir que España fue víctima de las circunstancias, claro que a nadie se le ocurre capitanear un ejército que contiene entre sus filas tantos protestantes y dirigirlo hacia Roma. Sus jefes debían saber lo que ocurriría si entraban en combate o tal vez fue eso precisamente lo que pretendían pues a fin de cuentas uno de los enemigos del emperador en ese momento era el Papa. A mi entender, la culpa fue del Sumo Pontífice que debió haberse quedado en el Vaticano velando por las almas de los contendientes de uno y otro bando y no participar en el conflicto ya que al hacerlo se quitaba automáticamente sus ropajes divinos para bajar al campo de batalla con todas las consecuencias. El emperador tardaría poco en olvidarse del asunto e incluso se alegró de que Clemente recibiera por fin su merecido, si bien no hay por qué no creer el sincero sentimiento del rey de España, de pena, por la suerte corrida por los ciudadanos romanos que no tenían la culpa de nada.

Europa entera estaba consternada y las distintas Cortes no sabían como reaccionar ante el suceso. El emperador, en principio, quedó pasmado porque no hubiera podido imaginarlo nunca (o eso dijo) pero actuó con celeridad: envió cartas a todos los soberanos en las que se alegraba del triunfo que suponía el saqueo de Roma en su guerra contra la Liga Clementina pero no del saqueo en sí ni de la suerte que corrieron los romanos ni el Papa y sus cardenales. El emperador sabía que tenía que utilizar lo ocurrido en su beneficio y desde luego lo consiguió porque el temor que despertó en Europa fue verdaderamente efectivo. Qué podía hacer sino parecer en ese momento que sus ejércitos respondían a su emperador cuando la realidad era que estaban descontrolados.

Francisco I no daba crédito pero aún menos Enrique VIII; éste último llegó a decir que a ese hombre, refiriéndose al emperador, nada frenaba sus aspiraciones de ser el verdadero y único césar de Occidente. Aún así, enviaron ambos reyes embajadores para exigir la liberación del Papa, la restitución del Milanesado y el castigo que merecían los responsables del saqueo, esto es, el príncipe de Orange y sus lugartenientes. Al mismo tiempo, un enorme ejército de 65.000 hombres se dirigía a Italia donde Francisco sabía que esa era la oportunidad o no la tendría nunca más. El ejército imperial, de más de 30.000 soldados, se había quedado en la mitad, con las deserciones y muertes por la peste con lo que enfrentarse a los franceses en ese estado era un suicidio y más cuando los primeros iban con ganas de despedazarles por lo acontecido en Roma.

¿Pero qué ocurrió con “Su Santidad”, el Papa Clemente? El “amigo” de Roma, que no estuvo dispuesto a dar 300.000 ducados al ejército imperial para que se desperdigara dio a Nápoles 400.000 ducados y varias fortalezas en su rendición final, luego dinero tenía, solo que no esperaba que los soldados españoles y alemanes llegaran tan lejos como lo hicieron. Cuando ocurrió y puesto que no terminaban de marcharse, acabó por entregar la cantidad mencionada. Como vemos, otro de los culpables fue el Papa, llevado por la ambición de poder ser no solo rey enviado de Dios sino también rey con poder terrenal. Su intención de ser el emperador respetado por todos los reyes y de gobernarles a todos se esfumó ante el empuje del verdadero emperador a quién se vio obligado a coronar como Carlos I de España y V de Alemania, señor de Occidente.

Cuando las cosas estaban peor para España, de nuevo la buena estrella de Carlos brilla y permite que la peste se ensañe con las tropas francesas y que el capitán de la flota genovesa al servicio de Francia se ponga del lado de España y ataque las posiciones francesas.

De nuevo, Carlos había ganado. En el tratado de paz ni siquiera los dos monarcas se vieron, lo hicieron Margarita de Borgoña y Luisa de Saboya. El odio entre los dos había llegado a ser obsesivo. Tanto es así que Francisco, ante la imposibilidad de encontrar aliados entre los reinos cristianos puesto que todos temían al emperador, decidió iniciar relaciones diplomáticas con el otro gran enemigo de Carlos: el Imperio Turco.

Antes hubo otra guerra entre España y Francia pero las fuerzas estaban equiparadas y era más una guerra de desgaste que otra cosa por lo que se firmó una tregua de diez años aunque no fue respetada ni por unos ni por otros por lo que se reanudaron las campañas, esta vez con cinco ejércitos de Países diferentes atacando al emperador pero al final Carlos ganó de nuevo, ayudado por Enrique VIII que se había puesto de su lado si no quería correr la misma suerte que Roma, llegando el emperador a amenazar París por lo que la Paz era la única salida para Francia. Francisco, derrotado y cansado de tanta guerra y viendo además que su adversario era invencible, decidió retirarse a disfrutar de las comodidades de la Corte. Los tres monarcas murieron casi a la misma edad y de lo mismo: se abandonaron a los placeres de la Corte y acabaron enfermando de gota o enfermedades similares (Francisco I y Enrique VIII murieron el mismo año, con 53 y 56 años respectivamente; Carlos moriría once años después, a la edad de 58 años). Francisco I infundió su odio hacia el emperador y los Habsburgo en su hijo Enrique II, quién continuaría batallando contra el emperador y posteriormente contra el hijo de éste, el rey Felipe II, que llegó a ser el soberano del mayor imperio conocido hasta entonces; la historia continuaba en los hijos de los tres reyes, pues ni Enrique II consiguió desbancar a España de su preeminencia, ni Isabel I de Inglaterra le quitó el dominio de los mares a pesar del desastre de la Armada Invencible y Felipe II, en cambio, seguía siendo el rey más poderoso y sus conquistadores y soldados continuaban con su grito de guerra: ¡España, Imperio

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