Biografías

Jaime I, el conquistador

Hijo de Pedro II el Católico que fue rey de Aragón entre 1196 y 1213 y de María de Montepellier, tal ves fue de su padre de donde le vino su afición por participar en cruzadas ya que Don Pedro estuvo nada menos que en la famosísima batalla de las Navas de Tolosa pero cuatro años antes participó defendiendo a sus súbditos albigenses en el Languedoc, en 1208 y precisamente murió cinco años después en Muret, defendiendo su territorio de las incursiones cruzadas. Tal vez participó en Las Navas para ser perdonado por el Papa ya que le amenazó con excomulgarle si protegía a los albigenses.

Su hijo, Jaime, nació en la ciudad de su esposa, Montpellier, siendo hecho prisionero por Simón de Montfort que capitaneaba las huestes cruzadas en el Languedoc y que batalló contra su padre. Finalmente fue entregado a los catalanes ya que el papa medió a petición de varios nobles aragoneses.

Su interés por las causas caballerescas nacería al vivir durante años, siendo menor de edad, en el castillo de Monzón, emplazamiento templario. Sería a la edad de veinte años cuando recibe la corona de Aragón, batallando primeramente con algunos nobles de su reino.

En 1229 se lanza a la expansión de Aragón en una de las labores conquistadoras más importantes de la Reconquista cristiana de la Península Ibérica. Primero caerían las Islas Baleares, después Valencia y posteriormente Murcia, si bien esta última se la cedió al rey de Castilla Fernando III el santo aunque en las negociaciones no participó éste sino su hijo, Alfonso, que reinaría con el nombre de Alfonso X el Sabio. Como vemos, una época de grandes reyes y de conquista idónea para los ideales caballerescos. El Tratado de Almizra, en 1244, puso fin a las disputas fronterizas entre los dos grandes reinos ibéricos.

Pero Jaime era un hombre inquieto y decidió continuar su expansión por el Mediterráneo, utilizando para ello a los excelentes marinos catalanes, dominando las rutas comerciales del Mediterráneo Occidental.

Todavía pudo ver el lamentable espectáculo de la disputa con sus hijos y entre ellos, recurriendo su hijo Alfonso, heredero de la Corona de Aragón, al rey de Castilla, pues reclamaba también el reino de Valencia.

En 1258 Jaime I pacta con el rey de Francia, Luis IX, la renuncia de éste a los condados catalanes y a los mismos les insta a dejar de reclamar el Languedoc y la Provenza.

Su hijo Alfonso, el que se quejó de su testamento, muere en 1260 por lo que Jaime redistribuye sus territorios entre sus otros dos hijos pero una rebelión musulmana en Murcia obliga al rey de Castilla, suegro por entonces de Jaime I, a pedir la ayuda de su yerno y éste vuelve a conquistar el reino pero se lo entrega nuevamente a Don Alfonso de Castilla, el hijo de Fernando III. Sin duda, Jaime era un hombre de palabra. Podía haberse quedado con Murcia pues demostró su potencial militar a los castellanos, pero lejos de iniciar otro conflicto, cumplió lo pactado en Almizra 22 años atrás. Incluso se desentendió de Navarra, con cuyo rey firmó también otro pacto de colaboración mutua, pero su expansión por el Mediterráneo Occidental y su campaña murciana le hicieron olvidarse de Navarra cuando esta se encontraba asediada por Castilla, o tal vez fue su compromiso familiar.

En el norte de África no se recordaba una política de injerencias por parte de un reino hispano desde la época del Califato de Córdoba. Jaime I consiguió someter a tributo a los reinos de Marruecos, Tremecén y Túnez

Organizó una cruzada a Jerusalén pero el mal tiempo hizo le obligó a refugiarse junto a su flota de casi cuarenta navíos cerca de Montpellier, renunciando a la idea de viajar a Tierra Santa poco después.

Sus últimos años fueron los peores pues llegó a vivir una guerra civil nobiliaria muriendo un mes después de su fracasada campaña contra los mudéjares valencianos.

Pero si la Corona de Aragón tomó conciencia de sí misma como entidad nacional fue precisamente bajo el reinado de Jaime I, de ahí que haya sido tan venerado en la zona. Normalizó las leyes de sus reinos y convirtió sus Cortes en verdaderos órganos de cohesión. Cada reino tenía sus propios fueros: los de Aragón, los Usatges catalanes y los Foris et consuetudines en Valencia, lo que supuso las quejas de la nobleza aragonesa que no entendía como si eran el corazón del reino no ejercían su poder institucional en los otros territorios que había conquistado su soberano. Jaime I sencillamente respetó las costumbres de cada reino y así lo dejo claro en su testamento, dejando a un hijo Aragón y Valencia y a otro Mallorca, constituida también como Reino y los condados catalanes.

Su obra literaria es un reflejo de la gran cultura del rey y de su amor por las artes y las letras. Su obra Llibre dels Feits es la primera gran crónica catalana medieval. Fue en Barcelona, precisamente, donde estableció su capital, al estar cerca de todos sus reinos pero tampoco esto lo entendieron en Aragón donde pensaban que el rey les subestimaba a favor de los mercaderes catalanes, por aquel entonces tan influyentes e importantes como los italianos (el rey instituyó la moneda conocida como “tern”, demostrando ser también un hábil hombre de negocios). Evidentemente esto supuso que durante siglos, Jaime I fuera muy mal visto en Aragón pero endiosado casi en Barcelona, Valencia y sobre todo en Mallorca.

Sus restos reposan en Poblet desde hace más de medio siglo, trasladados allí desde Tarragona si bien antes habían estado también en Poblet.

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Marco Anneo Lucano

Los hombres temen a los mismos dioses que han inventado

Marco Anneo Lucano

La figura del cuestor era muy respetada en la antigua Roma ya que se dedicaban a las finanzas públicas de cada Provincia imperial asesorando a los gobernadores, sin embargo solo había veinte en todo el Imperio y eran elegidos por los Comicia Tributa; vale que la plebe pudiera aspirar a ese cargo, pero Lucano aún era demasiado joven para ser nombrado cuestor. Y qué decir del cargo de augur, sumamente respetado pues se trataba de sacerdotes que adivinaban el futuro observando el comportamiento de las aves y que eran consultados antes de llevar a cabo una empresa importante. Y aquí tenemos a nuestro amigo Lucano, nombrado nada menos que cuestor y augur, si bien se decía de él que era de una inteligencia que impresionaba a cualquiera.

Con respecto a su obra, dedicó su amigo, el emperador Nerón, los tres libros de “Bellum Civile” o como es conocida, “Farsalia”.

Como decía anteriormente, el estoicismo acabó haciendo mella en él. Séneca decía: no obedezco a Dios, sino que me adhiero a lo que Él establece. Los estoicos son ciudadanos del Mundo y se dejan llevar por la virtud, no por los vicios. Cuando Nerón degeneró, Lucano se distanció de él hasta tal punto que participó activamente en la conjura de Cayo Calpurnio Pisón, como su tío Séneca hasta que fueron descubiertos por el pretor, Nerva, de 35 años de edad, que llegaría a ser emperador con el tiempo. Tanto Séneca como Lucano y 16 conspiradores más murieron; Lucano, como su tío, se suicidaría ante la posibilidad de que Nerón se ensañara con ellos. Lo que no está claro es si Lucano actuó por puro interés, creyendo que la conspiración saldría bien con lo que mantendría su estatus o verdaderamente llegó a odiar a Nerón. Digo esto porque cuando se le detuvo, al parecer, acusó a su propia madre de participar en el complot con lo que él hubiera podido salir indemne pero el truco no prosperó y se le ordenó que se quitara la vida, si bien el interrogatorio fue acompañado de tortura.

Pero también es cierto que en un certamen en el que participó el propio Nerón que se creía todo un artista y al que nadie se atrevía a criticar por razones obvias, Lucano compitió con el emperador, recitando un poema que acabó encandilando a los presentes quienes olvidaron que un momento antes Nerón había pronunciado otro. Los celos del césar no se hicieron esperar y prohibió a Lucano que volviera a recitar en público, algo a lo que el poeta no hizo el menor caso. Aquí comenzaría el distanciamiento entre ambos y por esta razón pudo haber participado del modo tan enérgico que supuestamente lo hizo Lucano en la conspiración de Pisón o tal vez fuese cierto que no participara pero que Nerón quisiera, de todos modos, quitarse tan incómodo competidor. Y es que a la temprana edad de veinte años, Lucano era un excelente orador, poeta épico sin igual y un gran autor dramático.

Escribió numerosas obras pero la mayoría se han perdido: Ilíaca, Catachthonion, Saturnalia (un poema en que elogiaba a Nerón, como otros que hizo) y Orpheus (poema en el que Orfeo se adentra en el Hades para buscar a su amada), así como los diez libros de Silvae, la tragedia Medea, epigramas, 14 fábulae salticae

Lucano era un estoico que como tal creía en Júpiter, Dios padre, omnipotente y omnisciente pero cree también en la fuerza del destino, el cual es inexorable. Como puede verse, un claro antecesor del cristianismo.

La “Farsalia” habla de la guerra civil entre Pompeyo y el primer césar emperador, finalizando la obra en el asedio de Alejandría, siguiendo un orden cronológico, si bien el último capítulo está sin terminar. En un comentario de texto diríamos que es un poema épico-histórico pero para comentarlo quién mejor que el gran Menéndez y Pelayo: “¿Quién ha de negar que la Farsalia , además de haber sido para los modernos el tipo de la epopeya histórico-política, era un poema novísimo por el alarde y el abuso del detalle pintoresco, por la entonación solemne y enfática, por el pesimismo sentencioso y principalmente por la concepción de lo divino, tan diversa de la concepción homérica y virgiliana? Poema abstracto y triste el de Lucano, árido en medio de la afectada prodigalidad de color; poema sin dioses ni ciudad romana, pero henchido de misteriosos presentimientos románticos, y alumbrado de vez en cuando por la misteriosa luz de las supersticiones druídicas y orientales. Recuérdense los terribles cuadros de la hechicera de Tesalia y de la evocación del cuerpo muerto, o bien los prodigios del bosque sagrado de Marsella, y se comprenderá hasta qué punto es poeta moderno Lucano, y que no ha sido mera ingeniosidad de la crítica el suponer que, no ya solo el arte de Góngora, sino el arte de Víctor Hugo, se hallan en él en germen”.

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Adolfo Suárez

Es por lo tanto un alto funcionario del Estado franquista aunque no del franquismo. Suárez es un hombre de ideas progresistas pero moderadas. No comulga con el socialismo pero sí defiende un sistema democrático. Sin embargo, no es momento de enfrentamientos sino de seguir ascendiendo para poder contribuir desde arriba a la modernización de España.

Suárez consigue ocupar los sillones de los jefes que ha llegado a tener en el pasado. Primero el del director general de Radiotelevisión española, casa en la que trabajó durante años y en 1975 se le nombra Vicesecretario General del Movimiento, para el que también había trabajado anteriormente.

Su mentor, Fernando Herrero Tejedor, Secretario General del Movimiento, le ha protegido siempre y aupado a lo más alto del Régimen. La relación entre ambos comenzó cuando Herrero Tejedor fue nombrado Gobernador Civil de Ávila, donde conoció a Suárez, nombrándole su secretario personal. A partir de ahí su vínculo creció y ya no se separarían nunca. Tanto él como Suárez consideraban que el futuro de España era el príncipe don Juan Carlos y decidieron aconsejarle y acompañarle en los difíciles momentos que vivió el soberano a la sombra de Franco. Esta defensa a ultranza del príncipe les valió cierta animadversión en los más reacios altos cargos del Régimen franquista que deseaban la continuación del Movimiento a la muerte de Franco. Sin embargo jugó a favor de los tres amigos (don Juan Carlos, Herrero Tejedor y Suárez) el que Franco gozaba de buena salud, era un hombre enérgico y no se planteó nadie la sucesión ni mucho menos llevarle la contraria a Franco que ya había decidido en 1969 que el príncipe le sucedería a título de Rey.

En 1975, uno de los tres personajes, Herrero Tejedor, muere en accidente de tráfico. Se trata de un duro golpe para Suárez que le apreciaba sinceramente. Sin embargo, Adolfo Suárez es nombrado Secretario General del Movimiento con el rango de Ministro ya con don Juan Carlos como rey de España quién no duda en proponerle participar en el plan de desmantelar el aparato franquista pero desde la legalidad para evitar así una contienda civil. Todo se haría de modo progresivo dando pasos lentos pero firmes y seguros. Se trataba de algo sumamente arriesgado que podía costarles a ambos sus respectivos puestos si llegaban a enterarse los altos responsables del Movimiento heredero de Franco y que aún mantiene todo su poder aunque bastante desprestigiado por la pérdida del Sáhara Occidental y los fusilamientos de cinco terroristas un año antes; la imagen de España está muy tocada y nadie sabe a ciencia cierta que esperar del joven monarca que por aquel entonces tenía tan solo 38 años y Suárez, 44. La amistad entre ambos se acrecienta a medida que el plan del Rey avanza.

Adolfo Suárez forma un primer gobierno con falangistas, socialdemócratas, liberales, democristianos y militares para por fin convocar las primeras elecciones libres en las que la Unión de Centro Democrático ganaría pero sin mayoría absoluta, de hecho necesitaba 176 escaños y le faltarían para alcanzar esa cifra diez escaños, lo que le supuso gobernar con mucha dificultad pero consigue que se apruebe la Constitución española que sigue en vigor desde entonces. Para evitar que se pensara que el Gobierno de Suárez era una reminiscencia franquista, el presidente accedió a que la Carta Magna fuera redactada por el Congreso de los Diputados que ya era multipartidista.

Suárez legaliza los partidos de izquierda, demostrando con ello que va en serio con respecto a la apertura de España al exterior y el deseo sincero de que la monarquía sea parlamentaria, no absoluta. El rey le apoya en todo momento y juntos afrontan momentos delicados.

El terrorismo está matando de un modo despiadado. Las principales organizaciones son ETA, FRAP y GRAPO, todas ellas de izquierda radical y la primera además es separatista. FRAP estaba en las últimas desde que tres de sus miembros fueron fusilados por Franco en septiembre de 1975 pero el GRAPO y ETA sí llevaban a cabo una importante actividad. Solo en 1979, los GRAPO habían asesinado a 31 personas, ocho de ellas en una cafetería. Por su parte, ETA mató a 69 personas entre 1976 y 1979. A pesar de que la represión franquista casi acaba con estos grupos, en vez de agradecer la llegada de la democracia y la amnistía a muchos de sus presos, sendas organizaciones, especialmente ETA, deciden acometer contra el Estado una guerra de desgaste, aprovechando su debilidad en momentos de transición para conseguir así sus objetivos. Suárez y el Rey están defraudados y muy preocupados pues saben que los militares no soportarán más una situación como esa a la que no están acostumbrados. Entre 1970 y 1975 ETA solo ha matado a diez personas pero sus comandos han sido muchos de ellos desarticulados, encarcelados la mayoría de sus activistas e incluso fusilados algunos junto a miembros del FRAP, organización con la que el Franquismo prácticamente acabó.

Ahora los militares (entonces el Cuerpo de Policía era de naturaleza militar como la Guardia Civil) están sufriendo muchas bajas y el Gobierno se dedica a dar amnistías y legalizar formaciones políticas como Herri Batasuna y otras separatistas que incluso confluyen a las elecciones en 1977 y 1979. Para los cuadros de mando de las Fuerzas Armadas, muy influenciados aún por el anterior Régimen, es algo inaudito.

En las elecciones generales de 1979, con la Constitución ya aprobada por referéndum popular y libre, la UCD de Adolfo Suárez consigue dos escaños más pero sigue siendo insuficiente para gobernar cómodamente puesto que su formación es una coalición con serios enfrentamientos internos y unirse a otros partidos políticos resultaba imposible ya que eran muy distintos a la Unión de Centro de Suárez.

Entre 1980 y 1981 ETA mata a 142 personas, la mayoría militares, guardias civiles o policías. Corren rumores de golpe de Estado si no se encuentra pronto una solución a la cuestión terrorista.

En enero de 1981, Suárez dimite ante la moción de censura presentada por los socialistas, la otra gran fuerza política en el Parlamento, el fracaso de la política regionalista y el terrorismo que no cesa. El partido esta desunido y no apoya a Suárez que se ve sólo. Ante tal expectativa y considerando que tal vez sea él quién perjudica más que beneficiar a su partido y a la consiguiente estabilidad de España, toma una decisión valorada por unos como cobarde y por otros como muy valiente: dimite de su cargo de presidente del Gobierno, pasando el vicepresidente Calvo Sotelo a llevar las riendas hasta la victoria socialista de 1982.

El golpe de Estado de 1981 es el espaldarazo que el Rey necesitaba de parte de su pueblo que comprueba con orgullo como el soberano conduce la situación. Sin embargo en la retina de todos queda la semblanza con que afrontó el golpe Suárez, uno de los pocos parlamentarios que no se escondió en su estrado con el tiroteo al techo de los guardias civiles que acompañaban a Tejero. Sin embargo Suárez queda relegado a un segundo plano pues los votantes consideran que ya no es necesario y que la UCD es más un conjunto de formaciones dispares y desunidas más preocupadas por mantenerse en el poder que por encontrarle solución a los graves problemas del País. El desempleo creciente, la crisis económica que hacía que el capital neto español descendiera una media del 2,5 % anual, el terrorismo de ETA que alcanzó su máximo riesgo en 1982 con 92 asesinatos, las Autonomías españolas que pareciera que quisieran desmembrar a España ya que no terminaban de regularizarse, etc. hicieron que los españoles desearan como nunca antes un cambio radical en la política del País y votaron en masa a los socialistas dirigidos por el joven Felipe González que les traía una imagen fresca y la esperanza de un futuro más dinámico y mejor en todos los aspectos. Sobre todo los obreros consideraban que los socialistas disminuirían el paro laboral ya que por algo era el Partido Socialista Obrero Español.

En las elecciones generales de 1982, Suárez, con el título de duque concedido por su amigo íntimo, el Rey, con el que ha compartido tantos momentos difíciles, vuelve a la escena política con un nuevo partido, el Centro Democrático y Social (CDS) que solo conseguiría dos escaños; su anterior partido, la UCD, consigue once, menos incluso que Convergència y Unió. Se debe tener en cuenta que Fraga había unido en una sola formación a dos partidos, Alianza Popular y el Partido Demócrata Popular, coalición a la que se uniría después la Unión Liberal. Muchos de sus miembros habían militado en UCD y consiguieron con las nuevas siglas 107 escaños. Pero los socialistas arrasaron, consiguiendo la más amplia mayoría parlamentaria de la Historia política española: 202 escaños.

El momento político de Suárez, en esa nueva etapa con la transición ya superada hacía años, fueron las elecciones de 1986 en las que consiguió 19 escaños, para bajar a 14 en las elecciones de 1989. De nuevo hubo cierta crisis interna en el partido y Suárez abandonó definitivamente la política en 1991, a la edad de 59 años. El CDS, sin él al frente, no conseguiría representación ninguna en las elecciones de 1993, desapareciendo como partido político a favor del nuevo Partido Popular, de José María Aznar que conseguía 141 escaños a tan solo 18 de los socialistas.

Muchos le acusaron de huir siempre que los problemas acucian pero nada más lejos de la realidad. Suárez es un hombre valiente como pocos. Lo demostró sobradamente durante la transición. Es también un ser humano excepcional que tiene un alto sentido de la responsabilidad, razón por la que prefirió dimitir en 1981 considerando que él era el motivo de crispación en su partido y teniendo en cuenta que España necesitaba estabilidad no podía permitir que el partido en el poder se dirimiera en disputas internas. Dimitiendo él ya no había razones para seguir discutiendo y podían dedicarse a encontrar soluciones a los problemas acuciantes de España.

La razón por la que se retiró en 1991 fue que su esposa e hija estaban enfermas de cáncer y decidió volcarse en las mismas en cuerpo y alma. Primero con su esposa que de todos modos murió, en 2001, lo que le supuso uno de los peores golpes de su vida y poco después su hija mayor, en 2004, con lo que Suárez estaba literalmente hundido. Para colmo de males a su otra hija se le detecta también el horrible mal. Además él acaba padeciendo la terrible enfermedad de alzheimer con lo que va perdiendo la memoria progresivamente, no recordando en la actualidad quién fue, ni siquiera a sus seres queridos.

En 1996 se le concede el importante premio internacional “Príncipe de Asturias” por su contribución a la transición española de la que sin duda fue el principal artífice.

Resultó especialmente emotiva la entrega del toisón de oro en 2008 por parte del Rey que quiso entregarle el monarca en persona. Cuando el Rey le preguntó a Suárez, con 75 años de edad y el Rey 70, dos viejos amigos que se reencontraban, si sabía quién era, Suárez le contestó que debía ser alguien que le apreciaba mucho por lo cariñoso que se mostraba con él.

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Los comienzos de Alejandro Magno

Su formación es exquisita, impartida por los mejores maestros: Leónidas, encargado de su educación física y Lánice, su institutriz y dama de confianza de su madre, para la poesía, sobre todo la épica. Alejandro crece queriendo emular a los héroes pero su padre le envía a la Academia de Mieza, con catorce años de edad ya que su destino no es ser poeta sino rey. Allí conoce al gran Aristóteles.

Con quince años acompaña a su madre a su destierro al comenzar su marido, Filipo, su nueva relación con Cleopatra, una aristócrata. Sin embargo, con 16 años, su padre le reclama y le acompaña desde entonces en las tareas de gobierno pero la relación entre padre e hijo es tormentosa, refugiándose en sus amigos más íntimos: Efestion y Clito.

Queronea, Año III de la 109 Olimpiada.

Una alianza griega se enfrenta a Macedonia. Es un día de Primavera y desde luego la sangre estaba alterada para los 70.000 contendientes. Al frente de las tropas macedonias, las mejores del momento, incluso superiores a los persas (y es más que probable que éstos lo supieran e incluso tuvieran espías en el campo de batalla analizando las tácticas macedonias) se encuentran el propio rey Filipo, su hijo Alejandro y el general más leal y experimentado de Filipo, Parmenio, que por entonces cuenta ya con 62 años; Filipo, 44 y Alejandro solo 18.

Las fuerzas griegas están descoordinadas. Para Alejandro fue el día en que adquirió verdaderamente su mayoría de edad luciéndose al frente de los hieratoi; desde entonces, sus caballeros le fueron tan leales que llegaron a considerarle un dios. Pero Alejandro se parecía más a su padre de lo que se ha dicho, sobre todo en su amor por las fiestas y el alcohol. La noche de la victoria, Filipo se burló de tal modo de los griegos que éstos, humillados, comenzaron a tramar contra él.

Pero lo cierto es que el asesinato de Filipo sigue siendo un misterio. Pudieron perpetrarlo los persas, pagando a Pausanias para matarle, al comprobar el creciente poder del rey de Macedonia. Imaginemos a los espías persas observando la batalla de Queronea, conocedores de un secreto que nadie podía siquiera intuir en Grecia: la debilidad persa. La verdad sobre el Imperio de Darío III es que sus estructuras se tambaleaban; tan solo les quedaba el nombre que seguía infundiendo respeto en todo el mundo antiguo. Pero si Filipo decidía liberar a las ciudades griegas de Asia Menor e incluso continuar hacia el interior de Persia, no podrían frenarle, después de ver lo acontecido en Queronea y el modo en que batallaron. Los persas no fueron enemigo importante para Alejandro como no lo habrían sido para Filipo.

Cuando Filipo murió, Alejandro continuó el sueño de su padre, por lo que muchos autores descartan que él fuera instigador del magnicidio ya que su campaña contra los persas estuvo rodeada de un aura de venganza y odio en todo momento o tal vez deseaba darle otro cariz y Filipo ya no estaba preparado para tan ambiciosa campaña.

En cambio Olimpia es una de las principales sospechosas, despechada por Filipo, si bien éste para aplacar los ánimos epirotas (su esposa procedía de Epiro) casó a su hija con su cuñado. Fue precisamente en los esponsales cuando mataron al rey.

Incluso pudieron ser los griegos, después de la humillación de Queronea. Filipo tenía muchos enemigos, tanto dentro como fuera de su propia casa.

La primera prueba de fuego de Alejandro como rey: la rebelión de las Ciudades-Estado griegas, pero antes había que quitar de en medio al molesto Átalo, tío de la segunda esposa de Filipo. Su influencia en vida de su suegro se había vuelto muy incómoda, además de sus constantes maniobras para destronarle por lo que Alejandro toma la decisión de acusarle de una vez por todas y ejecutarle.

La Corte ya no es problema por lo que el nuevo rey se dirige al Norte a combatir a las intransigentes tribus centroeuropeas que atosigan a la población con sus razzias, pero Alejandro encontró un enemigo formidable con muchos más soldados que los que componían su ejército; aún así les venció. La leyenda de Alejandro comienza.

Las Ciudades-Estado griegas se rebelan de nuevo pero en esta ocasión procuran ir más preparadas que un par de años antes en la batalla de Queronea en la que Filipo les humilló. Tebas encabeza la liga que se enfrenta a Macedonia; conocen a Alejandro y saben de su destreza a caballo y de sus dotes como líder y estratega pero creen que su juventud e inexperiencia juegan en su contra. Se equivocan y Alejandro les vence sin problemas.

Los griegos quedan asombrados del carisma de Alejandro. Lucha como uno más, al frente de su fabuloso ejército, la máquina militar más poderosa hasta ese momento y no superada hasta la aparición en la Historia de Julio César.

El ejército es profesional y permanente. No se alimenta de levas de campesinos, por muy adiestrados que puedan estar en un momento dado, como el resto de ciudades griegas.

La temible unidad macedonia conocida como syntagma, formada por 256 lanceros cuyas picas tenían seis metros de longitud, encuadradas en las falanges macedonias que contaban con más de 16.000 soldados fueron el terror del mundo conocido. Sencillamente eran invencibles. Contemplaban todas las posibles situaciones de combate con soluciones de movilidad para salir airosas de todas ellas. Solo las increíbles legiones romanas pudieron con ellas 200 años después, en la Batalla de Pidna, durante la III Guerra Macedónica.

Para proteger a las falanges, estaban los hipasvistas, lo que hoy conoceríamos como cuerpo de operaciones especiales debido a su agilidad técnica y soltura en el campo de batalla.

Las máquinas de asedio macedonias eran perfectas; nunca antes se había visto algo así. Los persas pensaban que no eran posibles cuando sus espías informaban a sus monarcas de lo que veían en Grecia, de lo que se preparaba allí y amenazaba con invadir Persia en cuestión de poco tiempo.

Además estaba el mejor servicio secreto del momento, en el que se inspirarían después los romanos: los bematisti.

Filipo modernizó la caballería hasta convertirla en un arma poderosa que solía romper las filas enemigas creando desconcierto en las mismas para el ataque definitivo de las falanges. Alejandro la perfeccionaría.

Alejandro, al frente de semejante ejército, no tan numeroso como el persa pero mucho más compacto, experimentado y técnicamente superior y siendo comandante supremo de la Liga Helénica, de la Liga de Corinto y de la Liga Tesalia y por lo tanto con toda Grecia apoyándole aunque con muchas reservas, cruza el Helesponto en 334 a.C. dispuesto a vengar la muerte de su padre pues piensa que su asesino fue pagado por Darío III, gran rey del impresionante Imperio Aqueménida. Sus generales le piden que reconsidere su decisión y que sea cauto. Los planes para atacar Persia eran realmente de Filipo y siempre planeó sobre Alejandro la sombra de su padre, por lo que él se veía obligado a ser aún más valiente y arrogante para que se le recordara como Alejandro el Grande, no como hijo de Filipo de Macedonia. Éste ya se había aventurado en Asia Menor para liberar a las ciudades griegas pero su asesinato paralizó la campaña. Ahora su hijo, al que consideraban inexperto en Grecia y del que se reían por verle demasiado joven al frente de un reino en expansión como Macedonia, augurando muchos su pronto final, asombraba a todos con su arrojo, callando todo tipo de rumores, venciendo a tracios e ilirios y destruyendo Tebas completamente. Alejandro sospechaba de todos por la muerte de su padre así que a todos los eliminó si bien en ocasiones se mostraba magnánimo. Pero ahora le llegaba el turno a Persia y con su rey no habría perdón ni contemplaciones pero la Historia es caprichosa y convertiría a Alejandro, el peor enemigo de Persia en ese momento, en su más arduo amante y defensor una vez conquistada.

En el año 334, tras la batalla del Gránico, primera victoria de Alejandro contra los persas, todo estaba preparado para el comienzo del mito de Alejandro Magno. Mientras tanto, Darío, en su palacio en si ir y venir entre Persépolis y Babilonia, temblaba ante lo que se le venía encima.

 

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Napoleón III, el rey bueno

Francisco Carlos Luís Napoleón de Bonaparte reinó con el nombre de Napoleón III porque entre su tío, el emperador Napoleón (algunos pensaban que era su padre, lo que le atormentó durante toda su vida, no tanto ser su hijo como no saberlo a ciencia cierta) y él mismo, hubo un Napoleón II, rey de Roma entre 1811 y 1814.

El hecho de que Napoleón III no supiera realmente quién era su padre le desconcertó, pero no era para menos ya que teóricamente fue el rey de Holanda, Luís de Bonaparte, hermano del emperador Napoleón, siendo su madre, la hija de Josefina, la emperatriz ya que ésta se había casado con Napoleón en segundas nupcias. Los rumores decían que Napoleón había tenido una relación con su sobrina adoptiva, Hortensia, de 24-25 años de edad, catorce años más joven que él. Las sospechas eran aún más serias en el momento en que Hortensia defendía a ultranza el pasado imperial de los Bonaparte y en concreto la gloria de Napoleón I cuando su marido había sido obligado a renunciar al trono de Holanda por el propio Napoleón, creándose una gran enemistad entre los dos.

En cualquier caso, Napoleón III nació en París en 1808, un año sumamente importante:

El uno de enero se prohíbe definitivamente la importación de esclavos en Estados Unidos aunque como es bien sabido esa abolición no fue respetada. En vez de ir barcos propios, otros de otras nacionalidades servían de esclavos a los Estados sureños.

El emperador Napoleón ocupa los Estados Pontificios con sus tropas e invade España; Rusia, con la ayuda de Francia y Dinamarca, entra en guerra con Finlandia.

El rey de España abdica en su hijo, Fernando VII y el Pueblo de Madrid se levanta contra los franceses en el archiconocido “dos de mayo”, magistralmente retratado por el genial pintor español Francisco de Goya. José de Bonaparte es proclamado rey de España y de las Indias Occidentales pero en julio se produce la gran derrota imperial en Bailén. De todos modos, Napoleón coloca en el trono de Nápoles al mariscal Murat. Los franceses vencerían la resistencia española en las batallas de Tudela y Somosierra.

El Imperio turco pasa a ser gobernado por el sultán Mahmud II que vería posteriormente como su Estado se desmorona al igual que el español, siendo 1808 el año del comienzo de la independencia no solo de España con respecto a Francia sino también de las colonias españolas con respecto a su metrópoli, el Reino de Fernando VII.

Como vemos, un año muy interesante.

En 1815, su familia es desterrada después de la caída de Napoleón, por lo que termina de criarse entre Suiza y Baviera.

Crece convencido de que Francia debe recuperar su glorioso pasado y vencer la humillación a la que le sometieron las grandes potencias europeas tras la caída del Imperio napoleónico, el Primer Imperio Francés.

Comienza siendo un conspirador liberal viajando por toda Italia e intenta derrocar a Luís Felipe de Orleáns del trono de Francia, en dos ocasiones, sin éxito, pero debido a sus intentonas fue condenado a cadena perpetua aunque consiguió fugarse a los seis años de cautiverio, refugiándose en Inglaterra. Por entonces tenía 38 años de edad.

En 1848, con la Revolución que instauró la II República (la primera fue precisamente la que derivó en el Imperio de Napoleón), se presentó a las elecciones alentando a los franceses a recuperar la confianza perdida, recuperando su pasado imperial con una doctrina mezcla de conservadurismo, liberalismo e incluso socialismo pero una vez en el poder favoreció a la Iglesia cristiana católica apostólica romana, no solo dejando que se hicieran cargo de las instituciones docentes privadas sino apoyando militarmente al Papado en su reivindicación de los Estados Pontificios que se habían constituido en República, algo insólito y considerado una traición por los republicanos italianos y no pocos franceses puesto que Luís Napoleón había luchado a su lado en 1831 (incluso un hermano mayor murió en esa contienda), por lo que no se entendía su cambio a no ser que hubiera sido todo una estrategia para recuperar el poder de los Bonaparte. Si fue así, Luís Napoleón arriesgó mucho y además tuvo una gran sangre fría al ofrecer una cara muy distinta, de liberal combatiente, durante lustros.

Al poco de subir al poder al frente de la II República francesa, recortaría tanto el sufragio universal como las libertades ciudadanas que él había defendido años atrás y una de las razones por las que fue elegido presidente de la República.

Sin embargo, si se analiza su figura y sobre todo, sus escritos, nos damos cuenta de que ante todo era un napoleónico convencido. Más que un monárquico, era un entusiasta del proyecto de su tío, Napoleón I. De hecho, en 1839 escribió y publicó “Las ideas napoleónicas”.

En 1851 disolvió la Asamblea Nacional Constituyente, dando un golpe de Estado puesto que estaba enfrentado a los monárquicos del Gobierno legislativo salido de las urnas en 1849 y proclamó una nueva constitución diseñada por él mismo que sin embargo contó con el apoyo masivo de casi todos los franceses, fuera cual fuese su condición; lo cierto es que era apreciado por todos, conocido como “el Rey Bueno” y se puede decir que ejerció como buen gobernante, aunque su política exterior fuera un fracaso.

Se convertiría en el príncipe-presidente de la República, como paso previo a su coronación como emperador de todos los franceses en 1852.

En 1853 se casó con la española María Eugenia de Montijo que desde ese momento se convirtió en la emperatriz de Francia.

Su corte fue de lo más peculiar. Él gustaba considerarse socialista (una de las medidas que propuso era destinar nueve millones de hectáreas para colonias agrícolas de explotación ciudadana). Pero su esposa era una monárquica convencida y a su alrededor contaba con republicanos y simpatizantes de la Casa de Orleans, enemiga de la de Bonaparte.

El Imperio duraría mucho más que el de su tío, nada menos que 18 años (el de Napoleón I tan solo once años) y suele dividirse en dos etapas:

El Imperio autoritario, hasta 1860

La Iglesia recuperó todo su poder con sínodos convocados por los obispos cuando les apetecía, una partida presupuestaria estatal en ayuda del mantenimiento de la Iglesia, voz propia en el Senado de Francia y la mayoría de las instituciones docentes de enseñanza primaria y secundaria en sus manos.

Se dice que el favor imperial a la Iglesia vino porque Napoleón III ansiaba ser coronado como soberano de todos los franceses por el propio Papa al que había ayudado a recuperar su Estado en Roma, el cual se había convertido en una República.

Napoleón se había aliado a Inglaterra (no obstante había estado refugiado en ese país tras su fuga del castillo de Ham en el que estuvo recluido seis años) y participó con ella en la Guerra de Crimea contra Rusia para evitar que ésta aumentara su influencia y se expandiera a costa del debilitado Imperio turco.

Sufrió un atentado en enero de 1858 por un revolucionario italiano del movimiento “Joven Italia”, llamado Felice Orsini que en cambio escribió una famosa carta en la que animaba al emperador a encabezar el movimiento de unificación de Italia en recuerdo de su pasado revolucionario, lo que activó esa añoranza en Napoleón III y desde ese momento maniobró para que Italia fuera una nación unida bajo un solo soberano aunque con el Papa como referente. La carta no impidió que Orsini fuera a la guillotina.

La Guerra de Italia comienza y en ella se enfrentan Austria y Francia que apoya al Papado y al Piamonte. Los franceses consiguen contundentes victorias en Magenta y Solferino pero comienzan a surgir movimientos revolucionarios en contra del Papa, lo cual empañaba esos éxitos militares y dificultaba la unificación italiana.

Garibaldi se alza en Sicilia y Calabria, marchando victorioso hacia Roma. Francia, una vez vencida Austria, dejaría que el Piamonte se encargara de los asuntos italianos y su rey, Victor Emmanuel, acabaría por ser proclamado rey de Italia lo que enojó al Papa Pío IX, que esperaba un mayor poder.

Napoleón III para recuperar la confianza del Papa ayudó a liberar a los cristianos maronitas de Siria, a restablecer las misiones cristianas en China y otras intervenciones en Asia, siempre protegiendo intereses cristianos aunque de uno de esos conflictos, Francia acabó conquistando la Cochinchina o sur de Vietnam. Sin embargo, Pío IX nunca le perdonó que le dejara sólo en Italia.

El Imperio liberal

Ante el continuo desplante del Papa y del partido católico en Francia, el emperador comenzaría a hartarse y a distanciarse cada año más del Papado e incluso a acercar posturas hacia los liberales, a cerrar instituciones cristianas y a reconocer el nuevo Reino de Italia, enviando embajadores. Si las medidas no fueron más drásticas fue porque la emperatriz, una católica entusiasta, influyó en Napoleón III para que suavizara su animadversión hacia el Vaticano.

Entre 1863 y 1867 se olvidó de Italia ya que le preocupaba más su aventura americana en México donde había instalado a su sobrino, Maximiliano de Austria, como emperador de México, donde acabarían derrotados por el presidente Juárez.

Los Estados Pontificios estaban en manos imperiales con tropas regulares allí destacadas para proteger al Papa pero el nuevo gobierno italiano consideraba que la capital del Reino debía ser la Ciudad Eterna y no Turín, donde se encontraba temporalmente, sino Roma por lo que suplicó al emperador que pusiera fin a la ocupación.

A pesar de ayudar a Prusia en su intención de unificar Alemania, conquistando previamente Austria, para lo que pidió, a cambio, para Francia, Luxemburgo, el canciller Bismarck se opuso y comenzó a rearmarse ante la posibilidad de una guerra con Francia.

En Italia, la facción de Garibaldi invadió los Estados Pontificios pero fueron derrotados por las tropas imperiales. Entonces, el ejército papal pidió continuar la campaña contra el rey de Italia pero el emperador se opuso.

Finalmente, Prusia entra en guerra con Francia produciéndose un gran desastre para el ejército imperial en Sedan donde además el emperador fue capturado. No fue ayudado por las tropas italianas ya que Napoleón III insistía en defender al Papa y en no ceder ante la pretensión italiana de entrar en Roma y declararla su capital, anulando el poder de Pío IX. Esa protección del Papa a pesar de sus desplantes no terminaba de ser entendida en Francia, donde comenzó a acusarse a Napoleón III de ser el causante de la ruina del Estado, con sus empresas exteriores fallidas.

Con el emperador preso, su Régimen fue depuesto, naciendo la III República francesa. Napoleón III huiría, con 62 años de edad, de nuevo a Inglaterra, País por el que sentía una especial simpatía, donde moriría tres años después.

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Post recomendado: “Causas del imperialismo“, en el que puede verse un excelente esquema del profesor Pedro Oña sobre los motivos que llevaban a los diferentes Estados europeos, entre ellos la Francia de Napoleón III, a expandirse, buscando nuevas colonias.

Adolfo Estévez

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William Shakespeare

Nacido en Stratford on Avon el 23 de abril de 1564, era el tercero de ocho hijos aunque de una acaudalada familia pues su padre era John Shakespeare, comerciante y político local.

Su madre era católica por lo que sufrió de niña junto a su familia las persecuciones de Isabel I.

Su nivel cultural ha dado mucho que hablar pues se sabe que fue un pésimo estudiante por lo que se llegó a especular con la posibilidad de que diera su nombre al verdadero autor de sus obras quién permanecería en el anonimato, por el motivo que fuera, pero nunca se pudo comprobar esta hipótesis. Lo cierto es que no existe nada escrito por Shakespeare que no sean sus obras teatrales o poéticas, ni cartas, ni ensayos, ni nada.

Con tan solo 18 años se casó y tuvo tres hijos, aunque uno murió en 1596, cuando ya llevaba en Londres siete años.

En Londres se enroló en la compañía teatral Chaberlain’s Men, más tarde conocida como King’s Men, propietaria de dos teatros, The Globe y Blackfriars y con los que ganaría mucha fama y dinero (se repartían beneficios), trabajando primeramente como actor y posteriormente como autor.

Gracias al mecenazgo del conde de Southampton, prosperó notablemente pero también le supuso algún problema posterior con la Corte de Isabel I, cuando un complot encabezado por el conde estuvo a punto de costarle la vida o la ruina, pero al comprobarse que ni él ni la compañía teatral para la que trabajaba tenían nada que ver, se vieron libres de todo cargo sin que les afectara en el futuro.

Vivió en Londres durante 24 años hasta que a la edad de 49 se retiró a su ciudad natal, con una inmensa fortuna invertida en inmuebles en Londres y otras localidades.

Para 1592 ya era bien conocido en Londres por sus obras “Enrique VI” y “La comedia de los equívocos”.

Publicaría su primer éxito con 29 años de edad, el poema “Venus y Adonis”, viniendo después otros poemas como “El rapto de Lucrecia” (1594) y los Sonetos (1609), todos ellos amorosos (tenía fama de romántico empedernido).

Pero fueron sus 34 obras teatrales las que le darían fama mundial, siendo una de las más exitosas “Sueño de una noche de verano”.

Shakespeare consiguió llegar al espectador gracias a la forma coloquial de hablar de los personajes de sus obras, sin tanta carga ni tecnicismo absurdos que nadie comprendía.

El año 1600 marca un antes y un después en su obra: aparecen sus grandes tragedias como “Hamlet”, “Otelo” o “Macbeth” y las conocidas como «comedias oscuras».

“Pericles” sería su tragicomedia más conocida pero lo cierto es que Shakespeare solo publicó 16 de sus obras en vida; el resto aparecerían en el Folio, recopilación que serviría de base para todas las ediciones posteriores.

Sin duda, Shakespeare ha sido uno de los más importantes e influyentes dramaturgos de la Historia de la Literatura Universal.

Murió el 23 de abril de 1616 (un día después que Cervantes, el otro gran literato universal de la época, aunque es probable que no se conocieran) y fue enterrado en la iglesia de Stratford.

Su carrera podemos dividirla en cuatro etapas:

Antes de 1594 (relata la Inglaterra del siglo XV):

– Enrique VI

– Ricardo III

– La comedia de los equívocos

– La doma de la Bravía

1594-1.600 (Historia y comedias alegres):

– Tito Andrónico

– Los dos hidalgos de Verona

– Trabajos de amor perdidos

– Ricardo II

– Enrique IV

– Enrique V

– Sueño de una noche de verano

– El mercader de Venecia

– Mucho ruido y pocas nueces

– Las alegres casadas de Windsor

– Romeo y Julieta

– Julio César

1.600-1.608 (tragedias y comedias oscuras):

– Como gustéis

– Noche de Epifanía

– Hamlet

– Otelo, el moro de Venecia

– El rey Lear

– Antonio y Cleopatra

– Macbeth

– Troilo y Crecida

– A buen fin no hay mal principio

– Medida por medida

Desde 1608 (tragicomedias románticas y colaboración con John Fletcher):

– Coriolano

– Timón de Atenas

– Pericles, príncipe de Tiro

– Cimbelino

– El cuento de invierno

– La tempestad

– Enrique VIII

– Los dos nobles caballeros

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