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Grupo de investigación documental y análisis de la seguridad global, la Historia Universal y los enigmas del pasado y el presente.

50 años del muro de Berlín

El llamado Muro de Berlín realmente se denominaba «Muro de Protección Antifascista»  y fue erigido por la República Democrática Alemana (RDA) en 1961, claro que democrática era un decir puesto que se trataba de una República socialista del Pacto de Varsovia, el conjunto de Países europeos satélites de la Unión Soviética.

El muro dividía la ciudad de Berlín en dos y estaba fuertemente protegido por la guardia fronteriza de Alemania Oriental. Aún así se daban decenas de miles de casos de berlineses orientales que trabajaban en la parte occidental pero conservaban sus casas en Berlín Este porque no pagaban prácticamente impuestos y también los numerosos contrabandistas que hicieron negocio gracias a la existencia de los dos Berlín, vendiendo los productos de la parte occidental en la oriental donde o no existían o eran muy escasos. Así que el Gobierno de la RDA ordenó la construcción del muro para evitar el deterioro de la economía del País debido al contrabando y a la fuga de personal cualificado.

Evidentemente, de haberlo sabido el Gobierno de la República Federal Alemana lo hubiese evitado aunque se sospecha de que contaban con información sobre medidas de bloqueo que tenía pensadas la RDA pero que ignoraban exactamente cuáles eran, así que en la noche del doce al trece de agosto de 1961, sin previo aviso se construyó el muro entero,

Dos días después, una vez recuperados del impacto del muro que, literalmente, apareció de la noche a la mañana, protestaron al agregado militar soviético pero de nada sirvió y ambos bloques, Estados Unidos en Berlín Occidental y la URSS en la parte oriental concentraron fuerzas militares, tanques y tropas e incluso a punto estuvieron de un enfrentamiento directo pero el miedo a una guerra nuclear era más fuerte que el deseo de imponerse unos a otros por lo que ambas partes decidieron dejar las cosas como estaban, incluido el muro.

192 personas murieron a tiros intentado cruzar el muro hasta que por fin cayó en 1989 tras casi treinta años de vergüenza que separó a las dos Alemanias, de hecho la construcción era llamada por los occidentales el muro de la vergüenza ya que impidió que miles de padres no pudieran asistir a las bodas de sus hijos que vivían al otro lado porque o bien les cogió allí cuando se construyó el muro o consiguieron escapar. También hubo quienes no pudieron darles una atención médica adecuada a sus familiares ya que carecían de medios para ello en Berlín Este.

A pesar de tanto sufrimiento, hoy es un lugar turístico con un carril-bici que lo circunda, guías virtuales para insertarlas como programas en los teléfonos y dispositivos móviles para los visitantes; hasta una de las torres de vigilancia ha sido reconvertida en centro multimedia.

Solo quedan tres metros de los 160 que medía el muro pero a pesar de lo que costó echarlo abajo hay decenas de miles de personas, según algunas encuestas[1], que preferirían que las dos Alemanias hubieran seguido separadas ya que consideran una sangría económica la reunificación, una gran carga que han soportado principalmente los alemanes occidentales a través del llamado “impuesto de solidaridad”.

Resulta muy llamativo que en la Europa del siglo XXI decenas de miles de berlineses sigan echando de menos como vivían en Berlín Este, faltos de tantas libertades debido a que la integración en Occidente no ha sido como esperaban e incluso se han visto desplazados no pocas veces por lo que la nostalgia les invade bebiendo Vita Cola, la bebida que en la RDA sustituía a Coca Cola o cerveza Radeberger así como otras bebidas y alimentos típicos de Alemania Oriental. La frustración se apodera de ellos puesto que su rendimiento económico está muy por detrás del de Alemania Occidental, cobran un 22 % menos que los occidentales, con una tasa de paro que dobla la de los Estados occidentales y un índice de inseguridad cada año más preocupante; si el conjunto de Alemania no ha crecido más de lo que lo ha hecho ha sido por el lastre de los Estados orientales y el atraso que arrastran de la época de la Guerra Fría. Hasta tal punto ha llegado el desengaño de los alemanes del Este que a muchos no les importaría vivir de nuevo bajo un yugo dictatorial de corte socialista siempre y cuando ello garantice la seguridad y el empleo pero también la solidaridad porque para la mayoría de los alemanes del Este la competencia laboral y muchas veces desleal propia del capitalismo es un concepto nuevo que no conocían en la época comunista. No se le puede echar la culpa a los alemanes occidentales pues hacen lo humanamente posible por sacar adelante el proyecto de reunificación pero tras más de veinte años, sin duda, debe cambiarse el planteamiento.

Como vemos, el muro realmente no ha sido derribado, permanece en la mente y corazón de muchos en forma de insolidaridad agravado por la crisis financiera que sufrimos el Mundo entero en estos primeros años del siglo XXI. Algo funciona mal en nuestra sociedad cuando un pueblo que es liberado de la dictadura añora esos tiempos.


[1] Informe Sozialreport de 2010 del Centro de Investigación Sociológica Berlín-Brandeburgo e Instituto Forsa en 2011; en un año el porcentaje de personas que opinan que el muro no debió derribarse ha bajado del 37 al 34% pero sigue siendo muy elevado.

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El nombre de Jesús

“Jesús” es un nombre castellano de género masculino y de origen hebreo. En el siglo I, en Judea, el idioma que se hablaba, en cambio, era el arameo con lo que el nombre “Jesús” no existía, a no ser Yeshúa (ישׁוע), de origen hebreo y que significa «Yahvéh es Salvación» y por lo tanto con el Tetragramaton[1] en su composición.

Si aceptamos Yeshua como el nombre de Jesús ya que es el que más se le parece, se pronunciaba Iēsoûá (Ιησουα) en griego y posteriormente Iesú(a) en Latín de donde deriva el castellano Jesús. Sin embargo, tal vez no fue “Yeshua” como se llamó Jesús sino Ieshua que se convirtió en Ioshua y este en Josué, nombre ya prácticamente en desuso pero muy popular en inglés (Joshua).

Existe la duda de que sean el mismo nombre ya que los israelíes que tradujeron la Biblia al griego, la conocida Septuaginta, el Libro de Josué lo tradujeron como Libro de Iesous, por lo que Jesús pudiera derivar de este nombre griego lo que significa que tal vez Jesús de Nazaret se llamó en realidad Josué, un nombre común entre los semitas quienes, en cambio, no conocían el nombre “Jesús”.

En cualquier caso “Jesús” significa “Dios salva” o “Dios con nosotros” y es posible que los evangelistas o los cronistas cristianos que recopilaban las historias en torno al fundador de su Iglesia, le pusieran ese nombre al pretendido mesías judío para diferenciarle del emperador Vespasiano que quiso adueñarse de ese “título” cuando entró triunfante en Judea como haría cuatrocientos años antes Alejandro Magno en Egipto proclamándose faraón. En este sentido, los evangelistas quisieron dejarles las cosas claras a los judíos para que no se confundieran o probablemente a los gentiles, esto es, los no judíos porque a fin de cuentas Judea estaba siendo literalmente arrasada por los romanos en el año 70 con lo que resulta perfectamente lógico dudar que consideraran al césar romano un salvador, más bien un castigo de Dios.

Pero si hemos dejado claro que “Jesús” es una castellanización de Iesous o de Josué, tal vez de Yeshua, entonces los evangelistas no pudieron ponerle ese nombre a su mesías en el siglo I.  De hecho, Mateo no le llama Jesús, sino «Emmanuel». Incluso, ya en época bizantina, cuando el emperador Justiniano, considerado el verdadero último césar romano[2], menciona a Jesús, sin duda es la derivación griega la que utiliza en su obra legislativa recogida en el Digesto y posteriores recopilaciones: “En el Nombre de Nuestro Señor Jesús empezamos todas nuestras deliberaciones”.

En la Carta a los Filisteos de San Pablo, en su capítulo dos, se dice: “Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”, claro que de nuevo me remito a la posible traducción del griego con lo que no creo que se tratara de “Jesús” sino de “Iesous” puesto que los idiomas hablados en época de Pablo eran el arameo y el griego Koiné o helenístico, este último utilizado sobre todo en transacciones comerciales como el inglés en la actualidad siendo también la lengua en la que se entendían los romanos con los sirios o los hebreos, como ocurre hoy en día cuando te desplazas a un País donde no hablan tu idioma, utilizando en ese caso como primera opción el inglés ya que es el idioma internacional por excelencia en los tiempos actuales

El monograma IHS que portaban los soldados romanos de Constantino y posteriores pudiera significar “Iesu Hominum Salvator” (Jesús Salvador de los Hombres) pero también “In Hoc Signo” (Con este Signo) que es lo que probablemente indicaba ya que el emblema en realidad era IHSV (In Hoc Signo Vinces – Con este signo vencerás), que cuenta la leyenda apareció en los cielos justo antes de una batalla del emperador Constantino, pero en cualquier caso hablamos de un hecho acaecido en el siglo IV, muy posterior a la época de Jesús de Nazaret.

Por otro lado, “Jesús” con “j” no se pronuncia hasta hace tan solo 500 años o poco más, cuando las lenguas romances se extienden desplazando al latín puesto que en la lengua de los romanos no existía la “j”, pero tampoco en griego o hebreo.

De todos es conocido el siguiente párrafo: “Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios (Dios). Y he aquí que tú concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús (Lucas 1:30-31). Pero ya hemos visto que esto no pudo ocurrir así porque María, lógicamente, hablaría en hebreo, el idioma de sus antepasados y el suyo propio, el que se hablaba en su tierra, el lugar en que vivía, así que el ángel Gabriel debió decir, en todo caso “Yahshua”, no Jesús.

“Y cuando habían caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, por qué me persigues? Te lastimas al dar coces contra el aguijón (Hechos 26:14). “ En este versículo se  nos cuenta la fabulosa conversión de Pablo al cristianismo pero a nosotros nos interesa más el siguiente versículo: “¿Quién eres, Señor?” El Mesías respondió: “Yo soy Jesús,  a quien tú persigues” (Hechos 26:15)

Necesitamos saber quién fue Pablo para comprender que tampoco a él, quién se le apareciera (un ente divino, un ángel, una visión producto de su imaginación o lo que cada cual quiera creer), pudo decirle que se llamaba “Jesús” sino probablemente “Yahshua”.

El propio nombre del que ha trascendido a la Historia como “Pablo” no es tal sino Saulo, nacido en Tarso o Tarsos (se puede decir de ambas maneras), según algunos autores en el año 3 y otros entre el 5 y el 10, muerto en el año 67 en la capital del Imperio Romano, la mismísima Roma. Pablo fue su nombre latino.

Actualmente Tarso es una ciudad denominada Taorus o también Tarsus, en el sur de Turquía, con 70.000 habitantes que vive del turismo, vendiendo que fue la ciudad natal de San Pablo y donde vivió antes de su apostolado. También exporta maíz, algodón, lana, pelo de cabra, pieles, cera y cobre pero para nada refleja la grandeza de la importante ciudad que fue en la Antigüedad, con 300.000 habitantes y capital de la Cilicia, quedando solo una gran estructura de lo que fue una vez un templo primero griego y después romano y poco más cuando en la Antigüedad y a través del río Cidno llegaban los barcos con mercancías y las caravanas paraban en la ciudad pues era cruce de rutas comerciales.

Salmanasar III, rey de Asiria, cuando se encontraba en el auge de todo su poder, conquistó Tarso en el siglo IX a.C. con lo que ya entonces figuraba como un enclave de cierta importancia comercial pues interesaba a los asirios dominarlo para de este modo controlar el comercio de la zona. Cuatro siglos después sería saqueada por Ciro de Persia y posteriormente caería en manos de Alejandro Magno, momento en que comenzaría su helenización que llegaría a ser intensa. Ya en el siglo I a.C. pasaría a formar parte del Imperio romano y con Augusto se convertiría en una ciudad que gozaba de un estatus especial de libertad que desarrolló las artes y las ciencias pero en especial la filosofía rivalizando con Atenas y Alejandría.

Aquí vivió Saulo o mejor decir San Pablo, como más se le conoce. Su familia tenía un taller que fabricaba uno de los productos estrella de Tarso, el cilicio, una tela que por su robustez resultaba idónea para las tiendas de los comerciantes que tanto viajaban acampando en las ciudades de las rutas comerciales.

La religión era politeísta pero Pablo es un judío romanizado y por lo tanto solo cree en un Dios. Sin duda estuvo imbuido de las corrientes filosóficas que se estudiaban en los centros de pensamiento y Academias que hicieron famosa a la ciudad en todo el Mundo antiguo, es más, destacadas e insignes personalidades romanas la habían visitado quedando prendadas de ella, como el gran Julio César; de hecho, la ciudad también se llamaba “Juliópolis” en honor a Julio César.

El nombre “Shaul” o Saulo significa “implorado”. Al ser ciudadano romano, adquiere también el nombre de Paulo (su cognomen latino[3]) y resulta curioso que él quisiera que se le llamara así y se le conociera con ese nombre, no con el de Saulo, puesto que de esta forma le resultaba más sencillo llevar su evangelio a los gentiles (griegos y romanos).

Por supuesto, Paulo visitaría Jerusalén, corazón de la cultura judía pero llegó allí con su formación griega adquirida en los centros de estudio y pensamiento de Tarso.

Volviendo al argumento con el que inicio este artículo, que el nombre “Jesús” no existía en la época de los fundadores del cristianismo, Pablo hablaba tanto en griego, como arameo y hebreo, esta última lengua la perfeccionaría en Jerusalén, durante la adolescencia, época de su vida en la que fue enviado a esa ciudad por sus padres. Ya hemos explicado que en  ninguna de esas lenguas existía la “j” o el nombre “Jesús”, con lo que el versículo anterior en el que el mesías le dice que se llama Jesús no puede ser verdadero sino probablemente un añadido posterior.

Cuando Pablo conoce a los apóstoles de Cristo debió quedarse bastante perplejo: cómo podían aquellos incultos y medio analfabetos pescadores ser los discípulos más destacados del Salvador de la Humanidad, el Hijo de Dios, como predicaban ellos a todos los judíos de la época y esta apreciación que sin duda tuvo, teniendo en cuenta la educación de Pablo, es importante para cuando analizemos más a fondo su figura.

No sabemos por qué Pablo perseguía a los primeros cristianos, tal vez porque como ciudadano romano procedente de una importante ciudad y conocedor de varios idiomas además de poseer una importante base académica, accedió a un puesto de relevancia en la Administración romana de Judea, persiguiendo a las sectas que atentaban contra el poder romano. Para que nos hagamos una idea, algo similar a lo que EEUU hace en la actualidad: los norteamericanos son el Imperio Romano de hoy en día y persiguen a grupos terroristas por todo el Mundo que pudieran atentar contra intereses de su País los cuales abarcan todo el globo terráqueo. En el siglo I, Roma era la gran superpotencia y no permitía que secta alguna atentara contra sus intereses por lo que contaba con “agentes” que perseguían esas creencias pero principalmente su actividad insurgente.

¿Qué pudo ocurrir para que Pablo cambiase de bando? Si es que lo hizo. El caso es que acabó convirtiéndose en miembro de una de esas sectas judías a las que perseguía: los cristianos. Tal vez el martirio de San esteban, el primer mártir cristiano, en cuya ejecución Pablo participó, le impactó de tal modo que acosado por su cargo de conciencia ante lo que había hecho decidió dejar de perseguirles y convertirse en cristiano, un modo, digamos, de limpiar su conciencia. O sencillamente su mentalidad filosófica y el entrar en contacto con esas líneas de pensamiento le hicieron reflexionar e idear una nueva corriente inspirada en el protocristianismo. Es algo que ignoramos pero, de repente, Pablo se convierte según parece después de que se le aparezca el mismísimo Jesucristo en persona camino de Damasco.

Ahora bien, me inclino por pensar que también se trata de una interpolación o añadido posterior ya que insisto en que jamás pudo oír ninguna voz que le dijera que se trataba de Jesús puesto que ese nombre no existía. Si dicho nombre no comienza a utilizarse, realmente, hasta el siglo XIV, como muy pronto, es de esa época cuando algún autor eclesiástico introdujo la referencia para explicar por qué Pablo se convierte al cristianismo y el por qué la Iglesia decide hacer algo así solo me inclina a pensar que tenían en su poder documentos y las famosas epístolas de Pablo en las que la historia que cuenta sea muy diferente a lo que nos ha llegado, tal vez ni siquiera mencione a Jesús sino que Pablo decidiera crear una religión nueva por su cuenta, pero esto es otra historia que abordaremos en otro capítulo de este dossier.

Sigamos ahora con lo que nos ocupa: el nombre de Jesús.

INRI, ese popular título de los crucifijos que figura sobre Cristo son las siglas de “Iesus Nazarenus, Rex Iudaeorum” pero esto es una derivación del latín, como decíamos al principio aunque ya se puede ver aquí como no se utiliza la “j”[4], porque no existía así que volvemos al nombre Ieshoua, que era el original hebreo, como probable nombre que figuró en la cruz o tal vez los romanos lo transcribieron, de manera errónea, como “Iesus”. No es difícil imaginar la escena: los soldados romanos, un poco hartos de su trabajo y del lugar en el que estaban destinados, donde no se les acogía precisamente de manera familiar ni hospitalaria, lo que menos ganas tenían era de ser exactos en los títulos que a modo de burla ponían en algunas cruces para los reos de muerte, por lo que si preguntaron cómo se llamaba el desgraciado al que se proponían crucificar en aquella ocasión y le respondieron Ieshoua, ellos que no dominaban el hebreo lo tradujeron como lo más perecido a su lengua que encontraron, todo de modo muy rápido: Iesus.

¿Pero qué significa realmente el nombre hebreo Yahshua[5]?  

Comentaba antes que el nombre hebreo es Yehshua, sin embargo el original es Yahshua, lo que ocurrió es que se cambió la “a” por “e” como artilugio dialéctico para evitar pronunciar el nombre de Dios. Un recurso judío para impedir que se asocie a Jesús, mesías cristiano que no judío, con el Hijo de Dios ya que para la religión judía aún no ha venido el Mesías ni Dios tiene ningún Hijo sino que es UNO e indivisible. De este modo, Yahshua, que significa “Yaveh es Salvación” cambia a Yehshua, prescindiendo de pronunciar el nombre de Dios o su abreviatura “Yah”. Claro que esta es una explicación no aceptada de modo general por lo que se coge con pinzas. La versión más extendida de esta interesante investigación etimológica es que en la traducción del hebreo al griego se cambió la “a” por “e” y a su vez en la transcripción posterior al latín y evolución romance del Medievo, el nombre sufrió nuevas transformaciones hasta llegar al actual “Jesús”.

Un detalle curioso: Yahshua o Yehshua es un nombre femenino plural (algo así como “nuestra salvación” refiriéndose a Yaveh que ya hemos aclarado lo que los sabios judíos ingeniaron para evitar pronunciar su nombre pero se refiere a Yaveh). Al traducir al griego y posteriormente al latín, se añade al final del nombre “ous” convirtiéndolo en masculino singular ya que pasa a significar algo así como “salvador”. Con respecto a las letras intermedias “sh”, no existen en griego por lo que se tradujeron como “s” tan solo, prescindiendo de la “h”, quedando finalmente “Iesous” o (en latín) Iesou.

A Jesús se le conoce también como Emmanuel (Mateo 1:23) que significa Dios con nosotros  por lo que probablemente sea una denominación que indica que siempre estará presente en nosotros o con nosotros pero no es un nombre en sí mismo. Es por lo tanto un nombre simbólico que Mateo recoge de la tradición ya que el profeta Isaías anunció siglos atrás: Por consiguiente el Señor le dará una señal: Una virgen dará nacimiento a un hijo, y lo llamará Emmanuel (Isaías, 7:14)[6]. Sin embargo, con casi toda seguridad, en aquella época, nadie llamaba a Jesús de ese modo, Emmanuel.

No hablaremos en este artículo de “Cristo” porque evidentemente no era su nombre sino un título posterior que significa “ungido”.


[1] El nombre de Yavé, Yahwé o Jehová, Dios de Israel, representado en una grafía de cuatro letras hebreas. Para los hebreos como para otros pueblos del Próximo Oriente antiguo todo lo que no tenía nombre, sencillamente, no existía por lo que era necesario darle un nombre a Dios que en realidad es “elóh·ah” y su plural “elohím”, dando a entender que todos los dioses son Uno y ese Uno es el Dios de los judíos. Para el siglo IV de nuestra era, Jerónimo, en su prólogo a los libros bíblicos de “Samuel” y “Reyes”, dice que:  “… hallamos el nombre de Dios, el Tetragrámaton, en ciertos volúmenes griegos aun en la actualidad expresado con las letras antiguas…” pero lo cierto es que se trata de una continua derivación etimológica que aparece como Jehwah por primera vez en el siglo XI, en el Códice de Leningrado mas la verdad documentada es que el nombre de Dios era conocido en Siria, Mesopotamia y Canaán ya en el segundo milenio a.C. y sobre todo en el primero, por lo tanto antes y después del establecimiento de los israelíes en Palestina, de hecho existía un dios Yah en la antigua Ebla. Yahvéh, con los siglos, derivó en Jehová aunque las dos formas han coexistido manteniéndose hasta la actualidad. 

[2] Los emperadores de Constantinopla se hacían coronar como emperadores de los romanos.

[3] Se trata del equivalente romano del segundo apellido actual que llevamos los latinos y que entonces solía hacer mención a características físicas. “Paulo” significaba “el pequeño” y por lo tanto San Pablo pudiera haber sido el menor de sus hermanos o sencillamente bajo de estatura; teniendo en cuenta que él prefería que se le llamara Paulo, no Saul, es probable que fuese lo primero (el menor de los hijos de sus padres).

[4] Hay versiones en contra de la inexistencia de la “j” en los idiomas de la Antigüedad alegando que el egipcio si contemplaba la “j” en sus ideogramas pero no debemos olvidar que la escritura jeroglífica está basada en un sistema mixto ideográfico-fonético con lo que desde luego existía el fonema /x/: pero no la letra “j”.

[5] Yahshua sería el verdadero nombre hebreo de Jesús según algunas tradiciones

[6] Se está extendiendo la versión de que Isaías nunca dijo que un niño nacería de una virgen sino de una mujer joven ya que probablemente hubo un error de traducción, de nuevo al trasladar el hebreo al griego.

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Carlos V, señor de Occidente

En Oriente, el Imperio turco era su principal enemigo; más allá no se sabía casi nada, aunque se tenía la esperanza de seguir conquistando territorios en las Indias Occidentales y conseguir con ello mayores riquezas. La verdad es que para Carlos, América era el tesoro que le permitía llevar a cabo sus campañas bélicas en Europa. De haber administrado bien las enormes cantidades de oro y plata procedentes de América, no hubiera dejado en la bancarrota a Castilla que sufría sangrías periódicas para sufragar los gastos imperiales, como Flandes, que no por ser de allí el emperador corrió en este sentido mejor suerte.

La mentalidad de Carlos la fraguaron tres personajes muy influyentes por aquel entonces: su tía Margarita de Austria, que le inculcó su gusto por las artes y la cultura en general (el emperador era un hombre de gustos refinados, todo un sibarita a quién gustaban las fiestas de la corte y no dudaba en rodearse de los mejores artistas del Renacimiento). Otra persona que influyó en él fue el futuro papa Adriano VI. El saqueo de Roma por las huestes imperiales no sucedió bajo el reinado de Adriano, hubiera sido impensable, sino en tiempos de su sucesor, Clemente VII. Un tiempo en el que Carlos deseaba ser emperador de todos, cristianos y protestantes (seguía siendo el defensor de la fé cristiana-católica pero no era el defensor del Vaticano ni de sus papas -salvo después, tras el pacto firmado con Clemente VII- y el ejército imperial, que andaba de un lado para otro por media Europa, con 18.000 soldados, estaba formado tanto por católicos como por protestantes).

Por último, entre sus influyentes mentores, encontramos a Guillermo de Croy, señor de Chievres, un hombre de Estado astuto que fue consciente desde un principio del poder que amasaría Carlos por lo que desde niño estuvo a su lado en todo momento, casi como un padre (su verdadero padre, Felipe el Hermoso, murió cuando Carlos tenía seis años).

Al morir Fernando, el Católico, rey de Aragón, Carlos es proclamado regente de Castilla y Aragón por lo que un año después marcha a España pero al no saber castellano deja todas las tareas de gobierno en manos de sus consejeros quienes no dudaron en acaparar los mejores puestos y en derivar los impuestos castellanos a la financiación de los gastos de Los Paises Bajos.

Para evitar males mayores, aunque la verdad es que las cortes de Castilla estaban divididas entre los partidarios de Carlos, los de su hermano Fernando y los pocos que aún tenía la madre de ambos, Juana la Loca, el rey Carlos I de España decidió firmar todos sus documentos castellanos con el reconociendo a su madre como reina, figurando en primer lugar. Con su hermano, el problema quedó resuelto al enviarle a Flandes, a fin de cuentas era menor que él. Eso sí, Carlos tuvo que jurar lealtad a las leyes castellanas y aragonesas y a los foros catalanes. Pero los consejeros flamencos seguían en sus puestos por lo que los grandes nobles de Castilla seguían enfadados. Aún así, Carlos consiguió 800.000 ducados de Castilla y Aragón para poder pagar sus derechos al trono imperial en lo que también le ayudarían algunos banqueros como Jacobo Fugger.

El emperador no descansaba y siempre estaba de un lado para otro por todos sus reinos. De hecho, su propia esposa llegó a estar seis años sóla al encontrarse su marido siempre de viaje o residiendo en aquellos reinos donde interesaba hacer escala para poder hacer campaña y captar partidarios o recaudar fondos.

Se uniría a su prima hermana Isabel de Portugal para reforzar sus vínculos con Portugal, razón por la que Felipe II, el hijo de ambos, sería proclamado rey de Portugal uniéndose los dos reinos y formando el imperio territorial más grande hasta entonces conocido, el imperio donde nunca se ponía el sol (con Felipe, parecía que el imperio universal podía construirse).

La luna de miel ente los dos cónyuges fue en Sevilla y Granada quedando el emperador enamorado de esta última ciudad y mandando construir el palacio que lleva su nombre en el recinto interior de la Alhambra.

Pero Carlos era un hombre de acción y siempre estaba batallando. Cuando su esposa murió, él se sumió en un enclaustramiento en el que no quería ver a nadie. Sería la rebelión de su ciudad natal la que le devolvería a la realidad, pues no querían seguir pagando impuestos mientras otras ciudades italianas y alemanas no lo hacían. Carlos sofocó la rebelión con su sola presencia y castigó a los rebeldes. Tuvo que enfrentarse a una coalición entre Enrique II de Francia y los príncipes protestantes y además hacer frente al peligro turco. Los enemigos eran demasiados aunque él solía salir airoso de los enfrentamientos. Sin embargo, Enrique II consigue algunas victorias, Enrique VIII de Inglaterra rompe su pacto con el emperador, Solimán, el sultán turco no cesa de atacar y en Castilla las revueltas y las quejas por los elevados impuestos están a la orden del día.

Por fin, en 1555, el emperador, cansado ya de tanto ajetreo, deja el gobierno de los Paises Bajos en manos de su hijo Felipe, para que se vaya haciendo a las labores de Estado. Un año después le cede el trono de Castilla y Aragón y todas sus posesiones excepto el gobierno imperial que pasa a manos de su hermano Fernando.

En 1558, con 58 años, el emperador muere en su retiro de Yuste, cansado y enfermo y con él moría el sueño de un rey para todo el mundo abierto a tendencias nuevas pero realista en las tareas de gobierno, práctico, eficaz. El gran problema de Carlos fue que como administrador y más como gestor económico, fue pésimo pero su idea de una Europa unida es el primer hito al respecto y origen de lo que hoy conocemos como Unión Europea. Solo dos hombres más estuvieron a punto de conseguir la unión: Napoleón, gran estratega como Carlos V pero cegado por su ambición y Hitler, éste último de tan triste rescuerdo y es que Europa es un conglomerado de pueblos diversos que no puede unirse por la fuerza. Solo la diplomacia y la democracia han hecho posible una realidad como la actual. Esto Carlos V lo reconoció al final cuando recomendaba en su testamento a su hijo Felipe que procurara no guerrear innecesariamente pues los Estados se encontraban agotados y cansados y la guerra no trae nada bueno.

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La serpiente emplumada

Quetzalcoatl era el dios de la cuarta humanidad (las tres anteriores habían sido destruidas, una tras otra) y su Mundo fue creado a raiz de una astilla de hueso robada al señor de las tinieblas, donde se encontraban las anteriores humanidades. La astilla fue sustraida de la tercera humanidad, la anterior a la de Quetzalcoatl. Él le dio vida rociándola con su propia sangre, pero el señor oscuro no perdonó nunca su osadía y atosigaba a los seres humanos constantemente con tentaciones de todo tipo.

Quetzalcoatl amaba a la humanidad por lo que les ordenó que no le ofrecieran sacrificios humanos sino de animales. También era dios de los antagonismos y por lo tanto del sol y la luna. Se encarnó en un dios tan pobre que no tenía nada que ofrecer por lo que se sacrificó él mismo arrojándose al fuego sagrado. Desde entonces se encargaba de alumbrar el día alcanzando el nivel de sol por su valentía y su antagónico, que era rico pero cobarde, por lo que no fue capaz de ofrecerse como ofrenda al fuego, se le degradó a ser luna.

Pero Quetzalcoatl no era azteca, como muchos piensan, sino tolteca e incluso anterior a ellos ya que era la serpiente emplumada que adoraban en Teotihuacan cientos de años atrás. Los toltecas no aparecerían hasta el siglo X pero ha existido mucha confusión con ellos y la serpiente emplumada porque el primero de sus reyes del que se tiene constancia histórica, Topilzin, se atribuyó su nombre y poder, considerándose un dios en La Tierra al estilo de los faraones egipcios. Se trató de un rey-sacerdote que se dio en llamar Quetzalcoatl. Trasladó su capital a la fastuosa Tula y la consagró a la serpiente, que no era maligna ni exigía sacrificios humanos. Algunos se preguntan cómo era posible si las civilizaciones precolombinas realizaban ese tipo de sacrificos como constataron los conquistadores españoles. Pues sencillamente porque, como ha ocurrido con otras civilizaciones, los sacrificios y ofrendas a los dioses variaban a lo largo del tiempo, dependiendo de quienes gobernaran.

En el reino tolteca había otros ritos y uno de los más importantes era el del dios Tezcatlipoca cuyos sacerdotes sí exigían sangre humana. Al parecer hubo una especie de guerra civil entre los partidarios de un dios y el otro, venciendo los del dios guerrero y sanguinario Tezcatlipoca, ofreciéndose sacrificios humanos desde entonces.

Quetzalcoatl huyó adentrándose en el gran Océano pero antes de marchar dijo que volvería y dio una fecha concreta. Los indios mesoamericanos eran buenos astrólogos y su capacidad para entender los fenómenos astronómicos aún resulta increible. Las profecías mayas, entre otras, son asombrosas, precisamente las que establecen el final del Mundo en diciembre de 2012. Una de las profecías toltecas establecía que su rey-dios Quetzalcoatl volvería del mar, en el que un día se adentró, en torno al año que trasladado al calendario cristiano coincidía con 1519 y en ese año fue cuando los españoles, al mando de Hernán Cortés, de piel y barba blancas, llegaron desde el mar. Como se comprenderá fue fácil creer que el dios serpiente volvía para vengarse de los que ofrecían sacrificios humanos y de ahí que los aztecas, herederos de las tradiciones toltecas, pensaran que les había llegado el fin de su mundo, profetizado siglos atrás.

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La historiografía clásica y Julio César

Podemos establecer una primera diferencia entre dos de los padres de la Historia: Herodoto y Tucídides. El primero adornaba sus relatos con mitos que encontraba a su paso en sus viajes. Sin embargo, Tucídides fue uno de los primeros investigadores de la Historia pues buscaba una explicación en el pasado a los sucesos de su entorno espaciotemporal.

Siempre he creído que lo que nos ocurre ahora ya pasó anteriormente, de ahí que el estudio de la Historia sea clave en el desarrollo de la humanidad pues nos ayuda a no cometer los mismos errores dos veces. Lamentablemente esto es tener demasiada esperanza en la inteligencia humana pues somos tan orgullosos que no solo tropezamos con la misma piedra dos veces, sino tres y cuatro. Digamos que sigo la escuela de Polibio, el gran historiador que realizó la primera gran Historia General, con cuarenta volúmenes nada menos. Todo un detective del pasado que no dudaba en viajar a los lugares más peligrosos (estuvo en Hispania, en la caída definitiva de Cartago y en otros conflictos, entrevistando a generales y soldados y accediendo a los archivos para documentarse de modo que sus datos fueran lo más cercanos a la realidad e incontestables).

Ya no se trataba de relatar nuestro pasado sino de explicarlo con teorías e hipótesis. La Historia se convertía en ciencia.

Cuando hablamos de historiografía clásica, nos referimos realmente a los historiadores griegos y romanos. Los hay en otras civilizaciones pero para los europeos y norteamericanos los referentes son Grecia y Roma y el más recordado y admirado, Cayo Julio César, una de las figuras más influyentes de la Historia, casi tanto como Jesucristo, porque el Imperio Romano lo construyó él y todavía hoy nuestro sistema social está basado en gran medida en la herencia de Roma. Sus estrategias militares fueron imitadas durante siglos y sus obras escritas son simplemente magníficas. Gran legislador, nos trajo también el calendario (aunque tal vez esto se lo debamos realmente a los egipcios porque el asesor de César fue el astrónomo alejandrino Sosígenes).
César fue sin duda un hombre valiente y arrogante pero también dotado de una astucia e inteligencias fuera de lo común. Le pidió al dictador Sila que le destituyera de su influyente cargo de flamen dialis, un alto sacerdote romano que veneraba al dios Júpiter y como tal tenía derecho a sentarse en el Senado. Pero al ser desprovisto de sus atributos sagrados y degradado a la orden ecuestre, enviado además a la guerra en Oriente, pues le resultaba muy incómodo a Sila en Roma, consciente del potencial del joven, fue allí donde César comienza a dar señales de su ingenio militar hasta el punto de regresar a la capital con la más alta condecoración romana al valor en combate, la corona cívica, lo que le dio de nuevo derecho a sentarse en el Senado. César comenzaba a hacer Historia y a destacar entre los demás pues siempre estuvo rodeado de su áurea mística que le confería el haber sido sacerdote y ahora soldado. Todos creían que Júpiter le protegía y su buena estrella no cesaba de brillar, cada vez más intensamente.

Aprendió retórica y oratoria de la mano del sabio griego Molón y gracias a la extraordinaria experiencia adquirida en sus campañas militares escribió sus Comentarios de la Guerra de las Galias y los Comentarios de la Guerra Civil, introduciendo la figura del autor que habla de sí mismo en tercera persona siendo el protagonista pero tratándose como un personaje más de la Historia, no en primera persona.

La cronología se sitúa entre el 58 y el 48 a,C.

Comentarios sobre la Guerra de las Galias:

Se trata de un compendio de ocho libros donde se recogen lo que parecen diarios de campaña ya que están dotados de un gran realismo y habla de lugares describiéndolos de tal modo, que pareciera que los estuviese observando en ese justo momento.

El Libro I narra su campaña conttra los helvecios y Ariovisto.

En el Libro II, la campaña contra los belgas

Libro III: Campaña contra Armórica, ya en el año 56 a.C.

Libro IV: Se produce el cruce del río Rin y se enfrenta a los germanos. Realiza también su primera incursión en las Islas Británicas.

Libro V: Segunda expedición a Britania; revuelta de los belgas.

Libro VI: Campaña contra los eburones. Reseña también costumbres y tradiciones galas y germanas.

Libro VII: nos encontramos ya en el año 52. Julio César cerca Alesia, toma Avarico y se enfrenta a Vercingetorix

Libro VII: Las Galias son pacificadas por fin con lo que inicia la campaña contra los belovacos.

Comentarios sobre la Guerra Civil (49-48 a.C.):

Tres Libros, siendo el primero una justificación al por qué paso el Rubicón al frente de su ejército y las cartas a Pompeyo.

El Libro II es su experiencia hispánica y la toma de Marsella.

El Libro III, su entrada en Grecia y su persecución de Pompeyo hasta que éste muere en Egipto a manos de Ptolomeo.

Los comentarios posteriores no está claro que sean de su autoría. De él, Cicerón dijo que su lectura era fácil, comprensible para todos y fue alabado por ello.

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La verdad sobre la Armada Invencible

Felipe II era el defensor de la fe católica ya que su padre Carlos así se lo había impuesto en su testamento. Además estuvo casado con María, la hermana de Isabel I, pero aquella, enloquecida por no darle hijos, acabó muriendo sin ser correspondida por su marido, que debió ser alguien imponente porque se piensa que Felipe también encandiló a Isabel, a la que veía como una muchacha simpática pero insignificante.

Cuando, una vez muerta María, la corte de los Tudor presentó al Rey de España la oferta de casarse con la nueva soberana, Isabel, ciertos informes aconsejaban no hacerlo pues al parecer la joven reina hubiera podido heredar alguna enfermedad genética. Fuera cierto o no, Isabel fue rechazada y desde ese momento su odio hacia Felipe de Habsburgo y todo lo español se incrementó de tal modo que llegó a ser enfermizo; una verdadera obsesión.

Ordenó atacar a las flotas españolas del Atlántico, lo que ninguna otra potencia se había atrevido, ni siquiera Francia, para lo que recurrió a piratas. Abrazó el anglicanismo impuesto por su padre, Enrique, hijo del primer rey de la dinastía Tudor y modernizó su flota con los últimos avances marítimos lo que hacía sus barcos más veloces e idóneos para el comercio ya que podían ir armados y ser utilizados también para la guerra.

Isabel sabía que intervenir en Europa era un suicidio pues los tercios españoles eran invencibles pero tal vez en el mar pudiera plantarle cara al coloso español. Estudió la flota española gracias a sus espías y supo que los navíos de guerra de Felipe II eran muy poderosos por su número de cañones e incluso por su robustez haciendo casi imposible el abordaje o hundirlos mediante una embestida. Pero ese era precisamente el handicap de la armada española: su lentitud y su dificultad para maniobrar.

La empresa de la armada invencible surgió a raíz de los ataques sucesivos de los piratas ingleses. Al igual que hoy en día los Estados Unidos de Norteamérica, entonces España contaba con un excelente servicio de espionaje, clave para mantener la supremacía en el continente europeo (las demás posesiones nunca interesaron demasiado, tan solo se explotaba sus riquezas para pagar las costosas campañas y la influencia en Europa). Se supo que los espías estaban a las órdenes de la Reina Vírgen, como era conocida Isabel, por haber declarado públicamente, después del rechazo de Felipe, que permanecería soltera toda su vida (dicen que aborrecía a los hombres pero es sabido que tuvo claros favoritos siempre cerca suyo).

Por fin, Felipe de España ordena al experimentado Don Álvaro de Bazán que construya la mayor flota que los mares hayan visto nunca y que invada Inglaterra, apoyado por los tercios de Flandes a los que se recogería en un puerto seguro de este territorio. Pero Bazán, que había dicho que la empresa no era difícil, teniendo en cuenta el potencial español y la debilidad inglesa, se encontró con múltiples obstáculos y zancadillas de otros nobles hasta que su muerte obligó al rey a poner al frente del proyecto al duque de Medina Sidonia y al mando de las fuerzas de tierra al duque de Parma, sobrino del rey pero a diferencia del duque de Medina Sidonia. el de Parma tenía una sobrada experiencia militar. Alonso Pérez de Guzmán, a la sazón, duque de Medina Sidonia, carecía de esa formación. Aún así, el rey confió en él a pesar de las voces en contra. Es de suponer que debió existir algún tipo de contraprestación o se pensaba que la empresa era sencilla lo que ayudaría en promoción del duque. En cualquier caso, no solo fue el responsable del fracaso de la armada sino también del saqueo de Cádiz cuando fue atacada por la armada inglesa, ocho años después de la Armada Invencible. Y a pesar de todo, Felipe II le mantuvo como Capitán General del Mar Océano.

En principio, la suerte estaba echada para Inglaterra ya que además el Papa bendecía la expedición pues se trataba de una cruzada en contra de un reino de excomulgados. Cuando la noticia llegó a las cortes europeas nadie podía imaginar que Inglaterra pudiera salvarse.

Al mando de la flota inglesa estaba el conde de Nottingham que a punto estuvo también de perder su escuadra si no hubiera sido por sus lugartenientes, el famoso Sir Francis Drake (que se piensa tuvo algún amorío con la reina) y John Hawkins. Como al final salió bien parado el conde, se le mantuvo en el cargo de almirante de la marina inglesa e incluso llevó a cabo el saqueo de Cádiz en 1596.

La Armada ciertamente consiguió tener una capacidad demoledora (imaginemos el terror que vivían en Inglaterra al saberse objetivo de España y la posibilidad muy real de una invasión con semejante armada acercándose a sus costas y los tercios, de los que se habían oído historias terribles, esperando en Flandes como refuerzo; o el vigía que les vio primeramente, al comprobar como los barcos dominaban toda su visión del horizonte frente a él): estaba compuesta por 130 navíos con una fuerza humana formada por 8.253 marinos, 2.088 remeros y 19.295 soldados de infantería, llevando artilugios y maquinas para asedios, pero la fortuna no estuvo de su lado o mejor habría que decir la climatología adversa para una fortaleza flotante como aquella y su dificultad para maniobrar con ligereza y la inexperiencia del duque de Medina Sidonia que desaprovechó una excelente oportunidad de atacar, un día que los vientos amainaron. Claro que no toda la culpa era del duque, el rey tuvo mucho que ver.

Felipe II insistía a sus nobles y comandantes que nunca hicieran nada sin su consentimiento y exigía estar informado de todo lo que ocurría en sus vastos territorios, aún con la dificultad que entrañaba tal actitud porque los correos no eran tan rápidos por aquel entonces y hasta que llegaba la orden del rey podía ocurrir cualquier cosa, algo que desesperaba sobre todo en Flandes, donde las revueltas eran continuas.

En el caso de la Armada Invencible la orden era tajante: no entrar en batalla hasta reunirse con las fuerzas de Alejandro Farnesio. Y cuando por fin llegan a Los Paises bajos, el duque de Parma dice que no piensa embarcar a sus tropas mientras estén atosigados por buques holandeses (aliados a Inglaterra) e ingleses. Una medida lógica ya que realizar el traslado de sus fuerzas con tanta inseguridad era una irresponsabilidad que no podía asumir Farnesio y menos mal ya que de lo contrario, Flandes hubiese quedado desprotegido.

Mientras tanto, las ligeras naves inglesas, sin llegar a acercarse del todo porque hubieran sido despedazadas, atosigaban una y otra vez con incursiones breves pero efectivas. En el Canal de la Mancha, con las fuertes corrientes y las tempestades típicas de la zona, los españoles se habían metido en la boca del lobo.

Otra oportunidad que se perdió fue, precisamente, cuando la Armada llegó al Canal, un día en el que asombrosamente no había apenas viento. Si hubieran atacado entonces, sin duda Inglaterra hubiera caído ya que el temor de Isabel y sus súbditos era que si la Armada Invencible conseguía desembarcar sus efectivos, no contaban con un ejército capaz de frenarles. Si el duque de Medina Sidonia hubiera atacado en ese momento y establecido un puente marítimo entre Flandes e Inglaterra para trasladar a los tercios mientras las fuerzas de la Armada, ya desembarcadas, iniciaban la invasión, con otros barcos que protegieran el puente de los ataques holandeses, los cuales no hubieran podido hacer nada ante dicho despliegue e incluso hubiesen corrido tal vez peor suerte que los ingleses, si el duque hubiera hecho caso de sus asesores militares que le recomendaban atacar, entonces Felipe II hubiera sido rey de Inglaterra por segunda vez y es que hay un detalle que a los ingleses no les gusta admitir: el rey de España llegó a ser, a pesar del fracaso de la invencible, rey consorte en Inglaterra, pues estuvo casado con la hermana de Isabel pero ningún inglés o inglesa han sido nunca reyes de España.

El drama que continuó al desastre de la Armada Invencible es de película, sin duda, una verdadera tragedia. Debido a los continuos ataques, la imposibilidad de maniobrar bien y el tiempo tan adverso así como las naves incendiarias que los ingleses enviaban contra la Armada ya que no osaban acercarse, preferían atacar de ese modo (una medida que no es cobarde sino muy astuta, se trataba de sobrevivir, sencillamente), al final el duque da la orden de replegarse e internarse en el Mar del Norte pero fue otro gran error. La idea era no volver a atravesar el Canal de la Mancha, sin embargo los arrecifes a los que un error de cálculo y meteorológico les llevó hicieron el resto. La verdad es que causaron más perdidas los naufragios que los ataques ingleses. Cuando los españoles huyeron del Canal de la Mancha, la Armada, aunque tocada seriamente, seguía siendo temible. Si en vez de rodear las islas británicas, hubieran marchado a Dinamarca que estaba dentro del Imperio Romano Germánico y por lo tanto posesión de los Austrias, se hubiera reparado y habría contraatacado con un plan mejor. Pero el duque de Medina Sidonia creyó que podía bordear las islas y encontrar un lugar más idóneo para la invasión o sencillamente huir, razón esta última la más probable pues ya no contaba con las fuerzas del duque de Parma como refuerzo y ante el temor de que el rey le castigara por desobedecer sus órdenes, optó por regresar.

Un fenómeno meteorológico que irregulariza el magentismo terrestre y desorienta a cualquier brújula afectó a la Armada con lo que el barco guí, cuando estaba convencido de que se dirigía mar adentro, realmente lo que estaba haciendo era dirigirse a la costa y con ello a los acantilados irlandeses no dando crédito los ingleses de lo que veían sus ojos: la Armada estaba naufragando ella solita. Evidentemente, ellos sí que no desaprovecharon la ocasión de pasar a cuchillo a prácticamente todos los supervivientes del naufragio, a fin de cuentas, sus enemigos que semanas atrás pretendían invadirles y que a saber lo que hubieran hecho con ellos y sus familias. Los ingleses no se pararon a comprobar si los españoles eran tan fieros, desoyeron sus súplicas de clemencia matando a todo el que encontraban. Otros consiguieron refugiarse en casas de lugareños irlandeses quienes odiaban a los ingleses como nadie. Se calcula que los ingleses mataron a 10.000 españoles. No es para que se sientan precisamente orgullosos pues ni hundieron ellos la Armada, ni se dieron cuenta realmente de que el peligro había pasado hasta que vieron a los barcos españoles naufragar ya que hasta ese momento no había quién les quitara el miedo en el cuerpo (que por cierto fue el almirante Lord Howard de Effingham quién le atribuyó el añadido de “invencible”, mofándose), ni actuaron precisamente con caballerosidad: es curioso como acusaban a los conquistadores españoles de realizar masacres de indios en América y la verdad es que, en cierto modo, así fue, pero aquellos que les criticaban o que alimentaron la posterior Leyenda Negra española, sobre todo los ingleses, debieran hacer acto de conciencia y reflexionar un poco si sus antepasados obraron como debieron.

El odio hacia los españoles era tal que no hubo presos, todos murieron ahorcados, sino cuando eran detenidos, poco después. A su regreso, la Armada solo traía 66 buques, de los 130 que zarparon y 10.000 hombres, de los 30.000 que embarcaron. Sin embargo, los ingleses no se hicieron con el dominio de los mares como se ha dado a entender. España seguía siendo muy poderosa y prueba de ello es la frase que Felipe II pronunció al enterarse del desastre: “Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra las tempestades. Doy gracias a Dios por haberme dado medios para poder sufrir fácilmente una pérdida semejante y porque todavía estoy en situación de volver a construir otra flota tan grande. Una rama ha sido cortada, pero todavía está verde el tronco y puede producir otras nuevas” y eso que la empresa había costado 40 millones de ducados (podemos hacernos una idea de la riqueza española teniendo en cuenta que el ducado tenía un peso de 3,6 gramos de oro) y es que por aquel entonces las riquezas americanas aún fluían sin parar, de ahí que resultaran tan peocupantes las expediciones inglesas y una cosa más. Meses después del desastre de la Armada, animados por lo que creyeron fue una victoria de su poderío naval, los ingleses se dirigieron a Lisboa donde sufrieron un serio revés. Pero claro, de esto no se acuerdan. Afortunadamente, en la Gran Bretaña actual los científicos e historiadores son personas en su mayoría honestas y son precisamente ellos quienes descubrieron el problema técnico motivado por el extraño fenómeno meteorológico que condujo a la Armada Invencible a un infierno que para nada podían imaginarse cuando se embarcaron en tan increible aventura

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Jaime I, el conquistador

Hijo de Pedro II el Católico que fue rey de Aragón entre 1196 y 1213 y de María de Montepellier, tal ves fue de su padre de donde le vino su afición por participar en cruzadas ya que Don Pedro estuvo nada menos que en la famosísima batalla de las Navas de Tolosa pero cuatro años antes participó defendiendo a sus súbditos albigenses en el Languedoc, en 1208 y precisamente murió cinco años después en Muret, defendiendo su territorio de las incursiones cruzadas. Tal vez participó en Las Navas para ser perdonado por el Papa ya que le amenazó con excomulgarle si protegía a los albigenses.

Su hijo, Jaime, nació en la ciudad de su esposa, Montpellier, siendo hecho prisionero por Simón de Montfort que capitaneaba las huestes cruzadas en el Languedoc y que batalló contra su padre. Finalmente fue entregado a los catalanes ya que el papa medió a petición de varios nobles aragoneses.

Su interés por las causas caballerescas nacería al vivir durante años, siendo menor de edad, en el castillo de Monzón, emplazamiento templario. Sería a la edad de veinte años cuando recibe la corona de Aragón, batallando primeramente con algunos nobles de su reino.

En 1229 se lanza a la expansión de Aragón en una de las labores conquistadoras más importantes de la Reconquista cristiana de la Península Ibérica. Primero caerían las Islas Baleares, después Valencia y posteriormente Murcia, si bien esta última se la cedió al rey de Castilla Fernando III el santo aunque en las negociaciones no participó éste sino su hijo, Alfonso, que reinaría con el nombre de Alfonso X el Sabio. Como vemos, una época de grandes reyes y de conquista idónea para los ideales caballerescos. El Tratado de Almizra, en 1244, puso fin a las disputas fronterizas entre los dos grandes reinos ibéricos.

Pero Jaime era un hombre inquieto y decidió continuar su expansión por el Mediterráneo, utilizando para ello a los excelentes marinos catalanes, dominando las rutas comerciales del Mediterráneo Occidental.

Todavía pudo ver el lamentable espectáculo de la disputa con sus hijos y entre ellos, recurriendo su hijo Alfonso, heredero de la Corona de Aragón, al rey de Castilla, pues reclamaba también el reino de Valencia.

En 1258 Jaime I pacta con el rey de Francia, Luis IX, la renuncia de éste a los condados catalanes y a los mismos les insta a dejar de reclamar el Languedoc y la Provenza.

Su hijo Alfonso, el que se quejó de su testamento, muere en 1260 por lo que Jaime redistribuye sus territorios entre sus otros dos hijos pero una rebelión musulmana en Murcia obliga al rey de Castilla, suegro por entonces de Jaime I, a pedir la ayuda de su yerno y éste vuelve a conquistar el reino pero se lo entrega nuevamente a Don Alfonso de Castilla, el hijo de Fernando III. Sin duda, Jaime era un hombre de palabra. Podía haberse quedado con Murcia pues demostró su potencial militar a los castellanos, pero lejos de iniciar otro conflicto, cumplió lo pactado en Almizra 22 años atrás. Incluso se desentendió de Navarra, con cuyo rey firmó también otro pacto de colaboración mutua, pero su expansión por el Mediterráneo Occidental y su campaña murciana le hicieron olvidarse de Navarra cuando esta se encontraba asediada por Castilla, o tal vez fue su compromiso familiar.

En el norte de África no se recordaba una política de injerencias por parte de un reino hispano desde la época del Califato de Córdoba. Jaime I consiguió someter a tributo a los reinos de Marruecos, Tremecén y Túnez

Organizó una cruzada a Jerusalén pero el mal tiempo hizo le obligó a refugiarse junto a su flota de casi cuarenta navíos cerca de Montpellier, renunciando a la idea de viajar a Tierra Santa poco después.

Sus últimos años fueron los peores pues llegó a vivir una guerra civil nobiliaria muriendo un mes después de su fracasada campaña contra los mudéjares valencianos.

Pero si la Corona de Aragón tomó conciencia de sí misma como entidad nacional fue precisamente bajo el reinado de Jaime I, de ahí que haya sido tan venerado en la zona. Normalizó las leyes de sus reinos y convirtió sus Cortes en verdaderos órganos de cohesión. Cada reino tenía sus propios fueros: los de Aragón, los Usatges catalanes y los Foris et consuetudines en Valencia, lo que supuso las quejas de la nobleza aragonesa que no entendía como si eran el corazón del reino no ejercían su poder institucional en los otros territorios que había conquistado su soberano. Jaime I sencillamente respetó las costumbres de cada reino y así lo dejo claro en su testamento, dejando a un hijo Aragón y Valencia y a otro Mallorca, constituida también como Reino y los condados catalanes.

Su obra literaria es un reflejo de la gran cultura del rey y de su amor por las artes y las letras. Su obra Llibre dels Feits es la primera gran crónica catalana medieval. Fue en Barcelona, precisamente, donde estableció su capital, al estar cerca de todos sus reinos pero tampoco esto lo entendieron en Aragón donde pensaban que el rey les subestimaba a favor de los mercaderes catalanes, por aquel entonces tan influyentes e importantes como los italianos (el rey instituyó la moneda conocida como “tern”, demostrando ser también un hábil hombre de negocios). Evidentemente esto supuso que durante siglos, Jaime I fuera muy mal visto en Aragón pero endiosado casi en Barcelona, Valencia y sobre todo en Mallorca.

Sus restos reposan en Poblet desde hace más de medio siglo, trasladados allí desde Tarragona si bien antes habían estado también en Poblet.

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Marco Anneo Lucano

Los hombres temen a los mismos dioses que han inventado

Marco Anneo Lucano

La figura del cuestor era muy respetada en la antigua Roma ya que se dedicaban a las finanzas públicas de cada Provincia imperial asesorando a los gobernadores, sin embargo solo había veinte en todo el Imperio y eran elegidos por los Comicia Tributa; vale que la plebe pudiera aspirar a ese cargo, pero Lucano aún era demasiado joven para ser nombrado cuestor. Y qué decir del cargo de augur, sumamente respetado pues se trataba de sacerdotes que adivinaban el futuro observando el comportamiento de las aves y que eran consultados antes de llevar a cabo una empresa importante. Y aquí tenemos a nuestro amigo Lucano, nombrado nada menos que cuestor y augur, si bien se decía de él que era de una inteligencia que impresionaba a cualquiera.

Con respecto a su obra, dedicó su amigo, el emperador Nerón, los tres libros de “Bellum Civile” o como es conocida, “Farsalia”.

Como decía anteriormente, el estoicismo acabó haciendo mella en él. Séneca decía: no obedezco a Dios, sino que me adhiero a lo que Él establece. Los estoicos son ciudadanos del Mundo y se dejan llevar por la virtud, no por los vicios. Cuando Nerón degeneró, Lucano se distanció de él hasta tal punto que participó activamente en la conjura de Cayo Calpurnio Pisón, como su tío Séneca hasta que fueron descubiertos por el pretor, Nerva, de 35 años de edad, que llegaría a ser emperador con el tiempo. Tanto Séneca como Lucano y 16 conspiradores más murieron; Lucano, como su tío, se suicidaría ante la posibilidad de que Nerón se ensañara con ellos. Lo que no está claro es si Lucano actuó por puro interés, creyendo que la conspiración saldría bien con lo que mantendría su estatus o verdaderamente llegó a odiar a Nerón. Digo esto porque cuando se le detuvo, al parecer, acusó a su propia madre de participar en el complot con lo que él hubiera podido salir indemne pero el truco no prosperó y se le ordenó que se quitara la vida, si bien el interrogatorio fue acompañado de tortura.

Pero también es cierto que en un certamen en el que participó el propio Nerón que se creía todo un artista y al que nadie se atrevía a criticar por razones obvias, Lucano compitió con el emperador, recitando un poema que acabó encandilando a los presentes quienes olvidaron que un momento antes Nerón había pronunciado otro. Los celos del césar no se hicieron esperar y prohibió a Lucano que volviera a recitar en público, algo a lo que el poeta no hizo el menor caso. Aquí comenzaría el distanciamiento entre ambos y por esta razón pudo haber participado del modo tan enérgico que supuestamente lo hizo Lucano en la conspiración de Pisón o tal vez fuese cierto que no participara pero que Nerón quisiera, de todos modos, quitarse tan incómodo competidor. Y es que a la temprana edad de veinte años, Lucano era un excelente orador, poeta épico sin igual y un gran autor dramático.

Escribió numerosas obras pero la mayoría se han perdido: Ilíaca, Catachthonion, Saturnalia (un poema en que elogiaba a Nerón, como otros que hizo) y Orpheus (poema en el que Orfeo se adentra en el Hades para buscar a su amada), así como los diez libros de Silvae, la tragedia Medea, epigramas, 14 fábulae salticae

Lucano era un estoico que como tal creía en Júpiter, Dios padre, omnipotente y omnisciente pero cree también en la fuerza del destino, el cual es inexorable. Como puede verse, un claro antecesor del cristianismo.

La “Farsalia” habla de la guerra civil entre Pompeyo y el primer césar emperador, finalizando la obra en el asedio de Alejandría, siguiendo un orden cronológico, si bien el último capítulo está sin terminar. En un comentario de texto diríamos que es un poema épico-histórico pero para comentarlo quién mejor que el gran Menéndez y Pelayo: “¿Quién ha de negar que la Farsalia , además de haber sido para los modernos el tipo de la epopeya histórico-política, era un poema novísimo por el alarde y el abuso del detalle pintoresco, por la entonación solemne y enfática, por el pesimismo sentencioso y principalmente por la concepción de lo divino, tan diversa de la concepción homérica y virgiliana? Poema abstracto y triste el de Lucano, árido en medio de la afectada prodigalidad de color; poema sin dioses ni ciudad romana, pero henchido de misteriosos presentimientos románticos, y alumbrado de vez en cuando por la misteriosa luz de las supersticiones druídicas y orientales. Recuérdense los terribles cuadros de la hechicera de Tesalia y de la evocación del cuerpo muerto, o bien los prodigios del bosque sagrado de Marsella, y se comprenderá hasta qué punto es poeta moderno Lucano, y que no ha sido mera ingeniosidad de la crítica el suponer que, no ya solo el arte de Góngora, sino el arte de Víctor Hugo, se hallan en él en germen”.

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La era de los reyes

Francisco pertenecía a dos importantes Casas: por parte de su padre, a la de Orleáns y por parte de su madre, a la de Saboya, si bien él era miembro de la rama familiar de Angulema, por parte de la Casa de Orleáns. Pero la Casa de Saboya era aún más antigua y por aquel entonces más importante e influyente que la de Orleans y desde luego la unión matrimonial entre los padres del rey Francisco, Carlos de Orleáns y Luisa de Saboya sería una boda de Estado que encumbraría aún más a la Casa de Saboya aunque sería el siglo XVI el que vería el comienzo de su decadencia pues los Habsburgo se pudieron en su camino y ante su empuje poco pudieron hacer.

El rey Francisco estaba obsesionado con la idea de vencer de algún modo al emperador Carlos pero resultaba una tarea ardua difícil. El rey de España y emperador de Alemania era un buen estratega y su poder inmenso, además de su influencia por lo que resultaba un enemigo muy difícil de batir y conseguir aliados contra España y la Casa de los Austrias era casi imposible ya que contaban con enormes riquezas procedentes de América con las que pagaban a sus acreedores regularmente por lo que nadie osaba en la primera mitad del siglo XVI decir o hacer nada que pudiera molestar al emperador y mucho menos desde que saqueara con sus tercios Roma, la ciudad sagrada, sede de los Papas, lo que causó tal estupor que Francisco no pudo sino seguir su enfrentamiento sólo.

A raíz del descontento de Enrique VIII con el emperador Carlos al romper éste su tratado con Inglaterra, Francisco intentó una alianza con Enrique, pero fracasó igualmente.

En Italia, los tercios imperiales campaban a sus anchas de un lado para otro y los franceses salieron muy mal parados de sus enfrentamientos con esos salvajes de tantas nacionalidades distintas que componían el ejército imperial: españoles, alemanes, belgas… Más valía no cruzarte en su camino si no habían recibido a tiempo su salario porque su reacción era impredecible.

Francisco intentaba olvidarse de sus fracasos en el campo de batalla contemplando la obra de sus admirados y protegidos artistas a los que veneraba: Leonardo da Vinci, Cellini (éste se encontraba en Roma durante el saqueo y sabemos bastante de lo ocurrido por su relato posterior), Budé, Rabelais. Sin duda, la Corte de Francisco I fue el centro del humanismo y esto Carlos I de España lo sabía por lo que rivalizó con Francisco en este campo pero aquí, a pesar de todo el poder imperial, Francisco obtuvo su gran victoria.

Pero el reino estaba amenazado. Los dominios imperiales rodeaban a Francia casi ahogándola. En el interior, las finanzas entraban en crisis ya que no contaba con la riqueza de España y el boato de la Corte, con el que causar envidia al emperador, costaba mucho dinero, sin embargo Francisco hizo alguna que otra cosa bien: sustituyó el latín por el francés como lengua oficial del reino y no le prestó demasiada atención a la Iglesia aunque era consciente del poder de la misma por lo que no le dio del todo de lado, incluso la defendió del ataque de los calvinistas. Con respecto a la lengua oficial del Estado, el francés era el idioma hablado en la práctica pero aún se utilizaba el latín para documentos oficiales y actos institucionales lo que resultaba absurdo ya que pocos lo entendían.

Las sucesivas guerras con España supusieron una sangría económica que el reino no podía soportar a pesar de haber sido hecho prisionero por el emperador, pero aún así, Francisco era un hombre rencoroso que no olvidaba y siguió batallando en todos los frentes a Carlos.

Cuando se enfrentaron por primera vez, Francisco tenía 22 años y Carlos tan solo 16, siendo éste archiduque de Flandes. Carlos le resultaba insolente y había que darle una lección pero Francisco no contó con que Carlos de Gante había recibido una excelente preparación y estaba dotado de una gran valentía y astucia. Carlos estaba en el apogeo de su poder tanto terrenal como personal: creía en un proyecto universal y él podría ser el rey del Mundo ya que todo parecía indicar que el Imperio Romano resurgía en la figura del emperador que había alcanzado el trono imperial a los 19 años.

Francisco, por su parte, era impetuoso, aventurero, deportista y muy ambicioso, con lo que el carácter de ambos les animaba al enfrentamiento y Europa, en la primera mitad del siglo XVI se dirimía entre el apoyo a Carlos o a Francisco. Al emperador le tenían miedo y a Francisco respeto pero eran los dos poderes en la época y había que decantarse. Cuando el rey de Francia conquistó el Milanesado, desbaratando los planes de la Liga formada por Inglaterra, Austria, los Estados Pontificios y Flandes, Europa creyó que estaban ante el nuevo poder y que ya nada frenaría a Francia. Así debió de creerlo también Francisco pues presentó su candidatura al trono imperial tan solo tres años después pero la rivalidad entre Carlos y Francisco era ya patente. El rey de Francia estaba avalado por sus éxitos militares, era seis años mayor que Carlos y poseía dinero procedente de sus campañas para sobornar a los electores sin embargo hacía falta aún más y los banqueros alemanes no eran fáciles de convencer con un rey de España crecido que sacaba dinero de no se sabía donde (las Cortes de Castilla y Aragón le dieron 800.000 ducados y además contaba con la ayuda del banquero Jacobo Fugger).

Francisco estaba desesperado. Si Carlos conseguía el trono imperial sería el fin de Francia. Había que impedirlo, pero al final resultó imposible y Carlos, ya nombrado emperador, reinició sus contiendas con Francisco pues no había olvidado su derrota en Italia como tampoco olvidó que el Papa le permitiera a Francisco nombrar a los obispos franceses a su real criterio. Esta situación iba a acabar; el emperador se lo había propuesto y casi nada tenía importancia para él excepto ahogar a Francia y a su arrogante monarca, Francisco.

Otras cuestiones quedaron de lado, como las infraestructuras que Castilla necesitaba o los desmanes que se decía llevaban a cabo las huestes españolas en las Indias occidentales. Lo importante era eliminar al gran enemigo, Francisco.

El odio era mutuo, por lo tanto, sobre todo desde que Carlos le arrebatara a Francisco la posibilidad de ser coronado emperador (lo que también cabía esperarse pues su familia, los Austrias, estaban muy bien situados en este sentido).

En la primera guerra con España, Francisco pierde el Milanesado, Parma, Piacenza, Génova y Pavía. Además sufrió la traición de su consejero, de la familia de Borbón e incluso el rey fue apresado, siendo conducido a Madrid donde permaneció durante casi un año hasta ser convencido de firmar un tratado por el que cedía ante el emperador los derechos en Italia, Borgoña y Tournay e incluso aceptaba casarse con la hermana de Carlos, Leonor.

Pero en cuanto llegó a Francia, ofendido por la humillación sufrida, volvió al ataque organizando la Liga Clementina, llamada así porque también la formaba el Papa Clemente VII, junto con Enrique VIII, dolido por el trato recibido por el emperador (la razón pudo ser las cartas que la reina de Inglaterra, tía del emperador, enviaba a su sobrino informándole del desprecio con que era tratada por su marido y de las verdaderas intenciones de Enrique que no eran más que conseguir influencia en Europa).

Enrique VIII tenía 35 años cuando se unió a la Liga Clementina contra el emperador y Francisco I la edad de 32 años. Cercanos en edad veían a Carlos, con tan solo 26 años como excesivamente arrogante, sin embargo eran tres jóvenes ambiciosos que lucharon entre ellos por el control de Europa en una aventura como pocas ha vivido el viejo continente, porque para ellos era eso, una aventura personal. El propio Enrique osó separarse de la Iglesia creando la suya propia sino se le permitía divorciarse por lo que fue excomulgado, lo que le dio igual; era deportista y ambicioso como Francisco y Carlos. El mundo no existía, solo el enfrentamiento entre los tres jóvenes monarcas y sus ambiciones personales, una carrera en la que Carlos iba ganando. Comenzó el final del reinado de la Iglesia para iniciarse el de los reyes que no respetaban nada, ni siquiera a la propia Iglesia, algo impensable en la Edad Media.

Carlos estaba harto del Papa y sus continuos cambios de bando. Era un ser aborrecible y corrupto, como todos sus cardenales. Vivían rodeados de riquezas en el Vaticano, dirigiendo la Cristiandad desde sus palacios pero quién de verdad sufría en el campo de batalla eran Carlos y sus ejércitos, además de que no recibían nunca nada a cambio de la defensa de la fe, ni dinero ni nada. El Papa merecía un escarmiento.

Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y nadie podía prever lo que ocurrió en mayo de 1527. Las tropas españolas, al mando del condestable de Borbón, que había abandonado a Francisco pasándose al bando imperial, llegaron a Roma con un grueso de casi 35.000 hombres deseosos de botín pues las soldadas, su salario, hacía tiempo que no llegaban. El Papa Clemente no podía dar crédito: las tropas imperiales amenazaban a la Ciudad eterna, el centro de Dios en La Tierra y no parecían querer negociar pues el Papa ofreció 60.000 ducados a cambio de que se marcharan pero los soldados querían más a sabiendas de las riquezas que guardaba el Vaticano. Sin embargo, esas riquezas eran sobre todo obras de arte y negocios de los que no había dinero contante y sonante en ese momento o al menos eso decían los obispos, lo que se demostraría después que no era así, digamos que Roma era una ciudad donde se aparentaba y que vivía del nombre y donde la Iglesia no era amiga de desembarazarse de su opulencia. En la colecta que hicieron sus ciudadanos, el más rico solo aportó 100 ducados, lo que resultó algo patético, sobre todo la cobardía mostrada por muchos cardenales y obispos que abandonaron a los ciudadanos a su suerte.

Roma era una ciudad bien protegida pero sus señores eran unos incompetentes que solo querían vivir cómodamente sin importarles nada más. Si hubieran destruido los puntes de piedra de acceso a la ciudad y fortalecido las defensas, las tropas imperiales lo hubieran tenido muy difícil porque no iban acompañadas de artillería, solo arcabuceros, lanceros, soldados de a pie y jinetes. Además, hubo cierto desconcierto cuando el condestable de Borbón murió en el ataque ya que los romanos se confiaron en que infundiría desánimo en las tropas españolas pero, todo lo contrario, se enfurecieron más y ahí comenzó el comienzo de los desmanes de los soldados en Roma al grito de “¡España, Imperio!”

La orgía de sangre, violaciones, robos y destrucción que acompaño al saqueo de Roma por parte del ejército imperial no es precisamente uno de los episodios más gloriosos de la Historia de España ni la de Alemania que a fin y al cabo contribuía con gran parte de los soldados.

Se violaba a todas las mujeres daba igual su edad o condición, se profanaron las tumbas, se quemaron las iglesias e incluso pasaron a cuchillo hasta a los partidarios del emperador que permanecían en Roma ya que ante tal barbarie y locura ya no distinguían a unos de otros. Las reliquias más sagradas que permanecían a la vista desaparecieron (se entiende que los tesoros más importantes fueron puestos a buen recaudo) y las pinturas, esculturas y demás obras de arte fueron destruidas en gran parte.

Se humillaba a los sacerdotes y las monjas recibían el mismo trato que las demás mujeres. Al final, la mitad de la población pereció y la otra mitad huyó o se escondió donde pudo.

El príncipe de Orange, que mandaba las tropas teóricamente, una vez murió el condestable de Borbón, no podía controlar a la soldadesca enfebrecida pero consiguió que no se saqueara la Biblioteca Vaticana pues instaló allí su residencia. Lo cierto es que los nobles que comandaban las tropas hicieron lo que estuvo en su mano para apaciguar los ánimos pero fue imposible por lo que solo cabía capitanear a las huestes e intentar en la medida de lo posible amortiguar el daño, pero aún así, las pérdidas humanas y materiales fueron las mayores que había sufrido ciudad importante alguna en toda su Historia: diez millones de ducados costó el desastre a Roma y para hacernos una idea de semejante cantidad recordaré los 800.000 ducados que las Cortes de Castilla y Aragón entregó a Carlos para luchar por el trono imperial, lo cual ya era una importantísima cantidad de dinero. Lo que resulta curioso es que muchos soldados de los que saquearon Roma eran luteranos, de ahí el odio exacerbado desplegado en la ciudad, luteranos contra los que lucharía posteriormente el emperador. La verdad es que esos protestantes vieron la posibilidad de arrasar el centro del catolicismo lo que suponía una victoria para la Reforma de Lucero por lo que se puede decir que España fue víctima de las circunstancias, claro que a nadie se le ocurre capitanear un ejército que contiene entre sus filas tantos protestantes y dirigirlo hacia Roma. Sus jefes debían saber lo que ocurriría si entraban en combate o tal vez fue eso precisamente lo que pretendían pues a fin de cuentas uno de los enemigos del emperador en ese momento era el Papa. A mi entender, la culpa fue del Sumo Pontífice que debió haberse quedado en el Vaticano velando por las almas de los contendientes de uno y otro bando y no participar en el conflicto ya que al hacerlo se quitaba automáticamente sus ropajes divinos para bajar al campo de batalla con todas las consecuencias. El emperador tardaría poco en olvidarse del asunto e incluso se alegró de que Clemente recibiera por fin su merecido, si bien no hay por qué no creer el sincero sentimiento del rey de España, de pena, por la suerte corrida por los ciudadanos romanos que no tenían la culpa de nada.

Europa entera estaba consternada y las distintas Cortes no sabían como reaccionar ante el suceso. El emperador, en principio, quedó pasmado porque no hubiera podido imaginarlo nunca (o eso dijo) pero actuó con celeridad: envió cartas a todos los soberanos en las que se alegraba del triunfo que suponía el saqueo de Roma en su guerra contra la Liga Clementina pero no del saqueo en sí ni de la suerte que corrieron los romanos ni el Papa y sus cardenales. El emperador sabía que tenía que utilizar lo ocurrido en su beneficio y desde luego lo consiguió porque el temor que despertó en Europa fue verdaderamente efectivo. Qué podía hacer sino parecer en ese momento que sus ejércitos respondían a su emperador cuando la realidad era que estaban descontrolados.

Francisco I no daba crédito pero aún menos Enrique VIII; éste último llegó a decir que a ese hombre, refiriéndose al emperador, nada frenaba sus aspiraciones de ser el verdadero y único césar de Occidente. Aún así, enviaron ambos reyes embajadores para exigir la liberación del Papa, la restitución del Milanesado y el castigo que merecían los responsables del saqueo, esto es, el príncipe de Orange y sus lugartenientes. Al mismo tiempo, un enorme ejército de 65.000 hombres se dirigía a Italia donde Francisco sabía que esa era la oportunidad o no la tendría nunca más. El ejército imperial, de más de 30.000 soldados, se había quedado en la mitad, con las deserciones y muertes por la peste con lo que enfrentarse a los franceses en ese estado era un suicidio y más cuando los primeros iban con ganas de despedazarles por lo acontecido en Roma.

¿Pero qué ocurrió con “Su Santidad”, el Papa Clemente? El “amigo” de Roma, que no estuvo dispuesto a dar 300.000 ducados al ejército imperial para que se desperdigara dio a Nápoles 400.000 ducados y varias fortalezas en su rendición final, luego dinero tenía, solo que no esperaba que los soldados españoles y alemanes llegaran tan lejos como lo hicieron. Cuando ocurrió y puesto que no terminaban de marcharse, acabó por entregar la cantidad mencionada. Como vemos, otro de los culpables fue el Papa, llevado por la ambición de poder ser no solo rey enviado de Dios sino también rey con poder terrenal. Su intención de ser el emperador respetado por todos los reyes y de gobernarles a todos se esfumó ante el empuje del verdadero emperador a quién se vio obligado a coronar como Carlos I de España y V de Alemania, señor de Occidente.

Cuando las cosas estaban peor para España, de nuevo la buena estrella de Carlos brilla y permite que la peste se ensañe con las tropas francesas y que el capitán de la flota genovesa al servicio de Francia se ponga del lado de España y ataque las posiciones francesas.

De nuevo, Carlos había ganado. En el tratado de paz ni siquiera los dos monarcas se vieron, lo hicieron Margarita de Borgoña y Luisa de Saboya. El odio entre los dos había llegado a ser obsesivo. Tanto es así que Francisco, ante la imposibilidad de encontrar aliados entre los reinos cristianos puesto que todos temían al emperador, decidió iniciar relaciones diplomáticas con el otro gran enemigo de Carlos: el Imperio Turco.

Antes hubo otra guerra entre España y Francia pero las fuerzas estaban equiparadas y era más una guerra de desgaste que otra cosa por lo que se firmó una tregua de diez años aunque no fue respetada ni por unos ni por otros por lo que se reanudaron las campañas, esta vez con cinco ejércitos de Países diferentes atacando al emperador pero al final Carlos ganó de nuevo, ayudado por Enrique VIII que se había puesto de su lado si no quería correr la misma suerte que Roma, llegando el emperador a amenazar París por lo que la Paz era la única salida para Francia. Francisco, derrotado y cansado de tanta guerra y viendo además que su adversario era invencible, decidió retirarse a disfrutar de las comodidades de la Corte. Los tres monarcas murieron casi a la misma edad y de lo mismo: se abandonaron a los placeres de la Corte y acabaron enfermando de gota o enfermedades similares (Francisco I y Enrique VIII murieron el mismo año, con 53 y 56 años respectivamente; Carlos moriría once años después, a la edad de 58 años). Francisco I infundió su odio hacia el emperador y los Habsburgo en su hijo Enrique II, quién continuaría batallando contra el emperador y posteriormente contra el hijo de éste, el rey Felipe II, que llegó a ser el soberano del mayor imperio conocido hasta entonces; la historia continuaba en los hijos de los tres reyes, pues ni Enrique II consiguió desbancar a España de su preeminencia, ni Isabel I de Inglaterra le quitó el dominio de los mares a pesar del desastre de la Armada Invencible y Felipe II, en cambio, seguía siendo el rey más poderoso y sus conquistadores y soldados continuaban con su grito de guerra: ¡España, Imperio

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La herencia doria

En principio se piensa que eran la capital más importante de los territorios dorios, aquel pueblo invasor que derrotó a los aqueos y que se consideraban descendientes del mismísimo Heracles. Algunos aqueos desorientados parece que no se dieron cuenta de que enfrentarse a los dorios era poco menos que un suicidio por lo que los que sobrevivieron lo hicieron como los esclavos conocidos como ilotas.

Las tres tribus míticas dorias, los pánfilos, los dimanes y los hileos, que algunos autores consideran en todo caso predóricas creyendo que lo realmente dórico se originó ya en sus establecimientos fijos griegos, procedían del Épiro y acabaron por situarse definitivamente en la Península del Peloponeso, algunos en las Cícladas e incluso en Asia Menor (probablemente los persas, en su expansión por la actual Turquía, ya tuvieron algún encuentro con ellos que les indicara a que se enfrentarían si decidían invadir Grecia); estamos en el siglo XII a.C.

La novedad más importante que introducía este pueblo es el hierro por lo que sus armas resultaban temibles a los griegos que aún combatían con el bronce.

Esparta era una ciudad singular entre las polis griegas que rivalizaba con Atenas, de hecho es legendario el enfrentamiento entre ambas ciudades. Lo que hacía originales a los espartanos era que ellos sí se acercaron a un sistema democrático como pocos lo hicieron, repartiendo la tierra en lotes iguales (realmente tras la reforma de Licurgo ya que no siempre fue así), las decisiones eran populares, aunque siempre con el experto consejo de los ancianos y había dos reyes, lo cual resulta muy curioso, el caso es que uno controlaba al otro.

Es verdad que muchos espartanos eran periecos o ilotas, no gozaban de la ciudadanía ni sus derechos, lo que era común a todas las polis, pero los ciudadanos eran exactamente iguales ante la Ley, aunque los había más ricos y menos pero no se trataba de una sociedad machista, la mujer no estaba relegada al plano doméstico como en otras polis o reinos, sino que compartía para bien o para mal el destino de su marido y de la ciudad. Ciertamente no iban a la guerra, cuidando mientras tanto de sus hijos hasta que éstos, a la temprana edad de siete años, comenzaban su adiestramiento militar considerado uno de los más duros que se recuerdan pero eran sumamente respetadas por sus compañeros. La película 300 es fiel a la realidad histórica con respecto al adiestramiento de los espartanos desde niños pero olvidaros de un Jerjes parecido más a un drag queen que a un rey-dios, a no ser que el concepto “divino” lo veamos en su vertiente gay y por supuesto tampoco eran 300 soldados únicamente sino que les acompañaban casi 5.000 soldados de otras ciudades si bien al final de la batalla de las Termópilas, después de varios días luchando, se marcharon muchos para defender las ciudades griegas puesto que se veía ya claramente que serían derrotados pero aún así seguían acompañando a los 300 hoplitas espartanos otros 1.000 tespios y tebanos.

En el siglo VIII a.C., mucho antes del rey Leónidas y sus 300, los dorios emigraron a la conocida posteriormente como Magna Grecia, en Italia, a quienes socorrería otro descendiente de dorios tiempo después, Pirro, rey de Épiro, con sus famosas victorias pírricas, que quiere decir victorias o éxitos que no saben a mucho en el contexto global en el que se obtienen ya que no suponen un gran avance, no son victorias totales, además de sufrir importantes pérdidas.

Las primeras ciudades helénicas fueron obra de los dorios aunque naturalmente, una vez se fundieron con el resto de pueblos a los que dominaban en Grecia.

Pero una de sus herencias más destacadas, recordadas y visibles todavía hoy son las columnas dóricas: sin basa y un capitel formado por el ábaco, el equino y el collarino.

El enfrentamiento con Atenas viene de siempre ya que los aqueos que escaparon a la invasión doria son los que fundaron Atenas.

Por supuesto no olvido a Corinto, la otra gran ciudad dórica que llegó a ser muy importante en todos los aspectos en la época clásica.

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