El nombre de Jesús

“Jesús” es un nombre castellano de género masculino y de origen hebreo. En el siglo I, en Judea, el idioma que se hablaba, en cambio, era el arameo con lo que el nombre “Jesús” no existía, a no ser Yeshúa (ישׁוע), de origen hebreo y que significa «Yahvéh es Salvación» y por lo tanto con el Tetragramaton[1] en su composición.

Si aceptamos Yeshua como el nombre de Jesús ya que es el que más se le parece, se pronunciaba Iēsoûá (Ιησουα) en griego y posteriormente Iesú(a) en Latín de donde deriva el castellano Jesús. Sin embargo, tal vez no fue “Yeshua” como se llamó Jesús sino Ieshua que se convirtió en Ioshua y este en Josué, nombre ya prácticamente en desuso pero muy popular en inglés (Joshua).

Existe la duda de que sean el mismo nombre ya que los israelíes que tradujeron la Biblia al griego, la conocida Septuaginta, el Libro de Josué lo tradujeron como Libro de Iesous, por lo que Jesús pudiera derivar de este nombre griego lo que significa que tal vez Jesús de Nazaret se llamó en realidad Josué, un nombre común entre los semitas quienes, en cambio, no conocían el nombre “Jesús”.

En cualquier caso “Jesús” significa “Dios salva” o “Dios con nosotros” y es posible que los evangelistas o los cronistas cristianos que recopilaban las historias en torno al fundador de su Iglesia, le pusieran ese nombre al pretendido mesías judío para diferenciarle del emperador Vespasiano que quiso adueñarse de ese “título” cuando entró triunfante en Judea como haría cuatrocientos años antes Alejandro Magno en Egipto proclamándose faraón. En este sentido, los evangelistas quisieron dejarles las cosas claras a los judíos para que no se confundieran o probablemente a los gentiles, esto es, los no judíos porque a fin de cuentas Judea estaba siendo literalmente arrasada por los romanos en el año 70 con lo que resulta perfectamente lógico dudar que consideraran al césar romano un salvador, más bien un castigo de Dios.

Pero si hemos dejado claro que “Jesús” es una castellanización de Iesous o de Josué, tal vez de Yeshua, entonces los evangelistas no pudieron ponerle ese nombre a su mesías en el siglo I.  De hecho, Mateo no le llama Jesús, sino «Emmanuel». Incluso, ya en época bizantina, cuando el emperador Justiniano, considerado el verdadero último césar romano[2], menciona a Jesús, sin duda es la derivación griega la que utiliza en su obra legislativa recogida en el Digesto y posteriores recopilaciones: “En el Nombre de Nuestro Señor Jesús empezamos todas nuestras deliberaciones”.

En la Carta a los Filisteos de San Pablo, en su capítulo dos, se dice: “Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”, claro que de nuevo me remito a la posible traducción del griego con lo que no creo que se tratara de “Jesús” sino de “Iesous” puesto que los idiomas hablados en época de Pablo eran el arameo y el griego Koiné o helenístico, este último utilizado sobre todo en transacciones comerciales como el inglés en la actualidad siendo también la lengua en la que se entendían los romanos con los sirios o los hebreos, como ocurre hoy en día cuando te desplazas a un País donde no hablan tu idioma, utilizando en ese caso como primera opción el inglés ya que es el idioma internacional por excelencia en los tiempos actuales

El monograma IHS que portaban los soldados romanos de Constantino y posteriores pudiera significar “Iesu Hominum Salvator” (Jesús Salvador de los Hombres) pero también “In Hoc Signo” (Con este Signo) que es lo que probablemente indicaba ya que el emblema en realidad era IHSV (In Hoc Signo Vinces – Con este signo vencerás), que cuenta la leyenda apareció en los cielos justo antes de una batalla del emperador Constantino, pero en cualquier caso hablamos de un hecho acaecido en el siglo IV, muy posterior a la época de Jesús de Nazaret.

Por otro lado, “Jesús” con “j” no se pronuncia hasta hace tan solo 500 años o poco más, cuando las lenguas romances se extienden desplazando al latín puesto que en la lengua de los romanos no existía la “j”, pero tampoco en griego o hebreo.

De todos es conocido el siguiente párrafo: “Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios (Dios). Y he aquí que tú concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús (Lucas 1:30-31). Pero ya hemos visto que esto no pudo ocurrir así porque María, lógicamente, hablaría en hebreo, el idioma de sus antepasados y el suyo propio, el que se hablaba en su tierra, el lugar en que vivía, así que el ángel Gabriel debió decir, en todo caso “Yahshua”, no Jesús.

“Y cuando habían caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, por qué me persigues? Te lastimas al dar coces contra el aguijón (Hechos 26:14). “ En este versículo se  nos cuenta la fabulosa conversión de Pablo al cristianismo pero a nosotros nos interesa más el siguiente versículo: “¿Quién eres, Señor?” El Mesías respondió: “Yo soy Jesús,  a quien tú persigues” (Hechos 26:15)

Necesitamos saber quién fue Pablo para comprender que tampoco a él, quién se le apareciera (un ente divino, un ángel, una visión producto de su imaginación o lo que cada cual quiera creer), pudo decirle que se llamaba “Jesús” sino probablemente “Yahshua”.

El propio nombre del que ha trascendido a la Historia como “Pablo” no es tal sino Saulo, nacido en Tarso o Tarsos (se puede decir de ambas maneras), según algunos autores en el año 3 y otros entre el 5 y el 10, muerto en el año 67 en la capital del Imperio Romano, la mismísima Roma. Pablo fue su nombre latino.

Actualmente Tarso es una ciudad denominada Taorus o también Tarsus, en el sur de Turquía, con 70.000 habitantes que vive del turismo, vendiendo que fue la ciudad natal de San Pablo y donde vivió antes de su apostolado. También exporta maíz, algodón, lana, pelo de cabra, pieles, cera y cobre pero para nada refleja la grandeza de la importante ciudad que fue en la Antigüedad, con 300.000 habitantes y capital de la Cilicia, quedando solo una gran estructura de lo que fue una vez un templo primero griego y después romano y poco más cuando en la Antigüedad y a través del río Cidno llegaban los barcos con mercancías y las caravanas paraban en la ciudad pues era cruce de rutas comerciales.

Salmanasar III, rey de Asiria, cuando se encontraba en el auge de todo su poder, conquistó Tarso en el siglo IX a.C. con lo que ya entonces figuraba como un enclave de cierta importancia comercial pues interesaba a los asirios dominarlo para de este modo controlar el comercio de la zona. Cuatro siglos después sería saqueada por Ciro de Persia y posteriormente caería en manos de Alejandro Magno, momento en que comenzaría su helenización que llegaría a ser intensa. Ya en el siglo I a.C. pasaría a formar parte del Imperio romano y con Augusto se convertiría en una ciudad que gozaba de un estatus especial de libertad que desarrolló las artes y las ciencias pero en especial la filosofía rivalizando con Atenas y Alejandría.

Aquí vivió Saulo o mejor decir San Pablo, como más se le conoce. Su familia tenía un taller que fabricaba uno de los productos estrella de Tarso, el cilicio, una tela que por su robustez resultaba idónea para las tiendas de los comerciantes que tanto viajaban acampando en las ciudades de las rutas comerciales.

La religión era politeísta pero Pablo es un judío romanizado y por lo tanto solo cree en un Dios. Sin duda estuvo imbuido de las corrientes filosóficas que se estudiaban en los centros de pensamiento y Academias que hicieron famosa a la ciudad en todo el Mundo antiguo, es más, destacadas e insignes personalidades romanas la habían visitado quedando prendadas de ella, como el gran Julio César; de hecho, la ciudad también se llamaba “Juliópolis” en honor a Julio César.

El nombre “Shaul” o Saulo significa “implorado”. Al ser ciudadano romano, adquiere también el nombre de Paulo (su cognomen latino[3]) y resulta curioso que él quisiera que se le llamara así y se le conociera con ese nombre, no con el de Saulo, puesto que de esta forma le resultaba más sencillo llevar su evangelio a los gentiles (griegos y romanos).

Por supuesto, Paulo visitaría Jerusalén, corazón de la cultura judía pero llegó allí con su formación griega adquirida en los centros de estudio y pensamiento de Tarso.

Volviendo al argumento con el que inicio este artículo, que el nombre “Jesús” no existía en la época de los fundadores del cristianismo, Pablo hablaba tanto en griego, como arameo y hebreo, esta última lengua la perfeccionaría en Jerusalén, durante la adolescencia, época de su vida en la que fue enviado a esa ciudad por sus padres. Ya hemos explicado que en  ninguna de esas lenguas existía la “j” o el nombre “Jesús”, con lo que el versículo anterior en el que el mesías le dice que se llama Jesús no puede ser verdadero sino probablemente un añadido posterior.

Cuando Pablo conoce a los apóstoles de Cristo debió quedarse bastante perplejo: cómo podían aquellos incultos y medio analfabetos pescadores ser los discípulos más destacados del Salvador de la Humanidad, el Hijo de Dios, como predicaban ellos a todos los judíos de la época y esta apreciación que sin duda tuvo, teniendo en cuenta la educación de Pablo, es importante para cuando analizemos más a fondo su figura.

No sabemos por qué Pablo perseguía a los primeros cristianos, tal vez porque como ciudadano romano procedente de una importante ciudad y conocedor de varios idiomas además de poseer una importante base académica, accedió a un puesto de relevancia en la Administración romana de Judea, persiguiendo a las sectas que atentaban contra el poder romano. Para que nos hagamos una idea, algo similar a lo que EEUU hace en la actualidad: los norteamericanos son el Imperio Romano de hoy en día y persiguen a grupos terroristas por todo el Mundo que pudieran atentar contra intereses de su País los cuales abarcan todo el globo terráqueo. En el siglo I, Roma era la gran superpotencia y no permitía que secta alguna atentara contra sus intereses por lo que contaba con “agentes” que perseguían esas creencias pero principalmente su actividad insurgente.

¿Qué pudo ocurrir para que Pablo cambiase de bando? Si es que lo hizo. El caso es que acabó convirtiéndose en miembro de una de esas sectas judías a las que perseguía: los cristianos. Tal vez el martirio de San esteban, el primer mártir cristiano, en cuya ejecución Pablo participó, le impactó de tal modo que acosado por su cargo de conciencia ante lo que había hecho decidió dejar de perseguirles y convertirse en cristiano, un modo, digamos, de limpiar su conciencia. O sencillamente su mentalidad filosófica y el entrar en contacto con esas líneas de pensamiento le hicieron reflexionar e idear una nueva corriente inspirada en el protocristianismo. Es algo que ignoramos pero, de repente, Pablo se convierte según parece después de que se le aparezca el mismísimo Jesucristo en persona camino de Damasco.

Ahora bien, me inclino por pensar que también se trata de una interpolación o añadido posterior ya que insisto en que jamás pudo oír ninguna voz que le dijera que se trataba de Jesús puesto que ese nombre no existía. Si dicho nombre no comienza a utilizarse, realmente, hasta el siglo XIV, como muy pronto, es de esa época cuando algún autor eclesiástico introdujo la referencia para explicar por qué Pablo se convierte al cristianismo y el por qué la Iglesia decide hacer algo así solo me inclina a pensar que tenían en su poder documentos y las famosas epístolas de Pablo en las que la historia que cuenta sea muy diferente a lo que nos ha llegado, tal vez ni siquiera mencione a Jesús sino que Pablo decidiera crear una religión nueva por su cuenta, pero esto es otra historia que abordaremos en otro capítulo de este dossier.

Sigamos ahora con lo que nos ocupa: el nombre de Jesús.

INRI, ese popular título de los crucifijos que figura sobre Cristo son las siglas de “Iesus Nazarenus, Rex Iudaeorum” pero esto es una derivación del latín, como decíamos al principio aunque ya se puede ver aquí como no se utiliza la “j”[4], porque no existía así que volvemos al nombre Ieshoua, que era el original hebreo, como probable nombre que figuró en la cruz o tal vez los romanos lo transcribieron, de manera errónea, como “Iesus”. No es difícil imaginar la escena: los soldados romanos, un poco hartos de su trabajo y del lugar en el que estaban destinados, donde no se les acogía precisamente de manera familiar ni hospitalaria, lo que menos ganas tenían era de ser exactos en los títulos que a modo de burla ponían en algunas cruces para los reos de muerte, por lo que si preguntaron cómo se llamaba el desgraciado al que se proponían crucificar en aquella ocasión y le respondieron Ieshoua, ellos que no dominaban el hebreo lo tradujeron como lo más perecido a su lengua que encontraron, todo de modo muy rápido: Iesus.

¿Pero qué significa realmente el nombre hebreo Yahshua[5]?  

Comentaba antes que el nombre hebreo es Yehshua, sin embargo el original es Yahshua, lo que ocurrió es que se cambió la “a” por “e” como artilugio dialéctico para evitar pronunciar el nombre de Dios. Un recurso judío para impedir que se asocie a Jesús, mesías cristiano que no judío, con el Hijo de Dios ya que para la religión judía aún no ha venido el Mesías ni Dios tiene ningún Hijo sino que es UNO e indivisible. De este modo, Yahshua, que significa “Yaveh es Salvación” cambia a Yehshua, prescindiendo de pronunciar el nombre de Dios o su abreviatura “Yah”. Claro que esta es una explicación no aceptada de modo general por lo que se coge con pinzas. La versión más extendida de esta interesante investigación etimológica es que en la traducción del hebreo al griego se cambió la “a” por “e” y a su vez en la transcripción posterior al latín y evolución romance del Medievo, el nombre sufrió nuevas transformaciones hasta llegar al actual “Jesús”.

Un detalle curioso: Yahshua o Yehshua es un nombre femenino plural (algo así como “nuestra salvación” refiriéndose a Yaveh que ya hemos aclarado lo que los sabios judíos ingeniaron para evitar pronunciar su nombre pero se refiere a Yaveh). Al traducir al griego y posteriormente al latín, se añade al final del nombre “ous” convirtiéndolo en masculino singular ya que pasa a significar algo así como “salvador”. Con respecto a las letras intermedias “sh”, no existen en griego por lo que se tradujeron como “s” tan solo, prescindiendo de la “h”, quedando finalmente “Iesous” o (en latín) Iesou.

A Jesús se le conoce también como Emmanuel (Mateo 1:23) que significa Dios con nosotros  por lo que probablemente sea una denominación que indica que siempre estará presente en nosotros o con nosotros pero no es un nombre en sí mismo. Es por lo tanto un nombre simbólico que Mateo recoge de la tradición ya que el profeta Isaías anunció siglos atrás: Por consiguiente el Señor le dará una señal: Una virgen dará nacimiento a un hijo, y lo llamará Emmanuel (Isaías, 7:14)[6]. Sin embargo, con casi toda seguridad, en aquella época, nadie llamaba a Jesús de ese modo, Emmanuel.

No hablaremos en este artículo de “Cristo” porque evidentemente no era su nombre sino un título posterior que significa “ungido”.


[1] El nombre de Yavé, Yahwé o Jehová, Dios de Israel, representado en una grafía de cuatro letras hebreas. Para los hebreos como para otros pueblos del Próximo Oriente antiguo todo lo que no tenía nombre, sencillamente, no existía por lo que era necesario darle un nombre a Dios que en realidad es “elóh·ah” y su plural “elohím”, dando a entender que todos los dioses son Uno y ese Uno es el Dios de los judíos. Para el siglo IV de nuestra era, Jerónimo, en su prólogo a los libros bíblicos de “Samuel” y “Reyes”, dice que:  “… hallamos el nombre de Dios, el Tetragrámaton, en ciertos volúmenes griegos aun en la actualidad expresado con las letras antiguas…” pero lo cierto es que se trata de una continua derivación etimológica que aparece como Jehwah por primera vez en el siglo XI, en el Códice de Leningrado mas la verdad documentada es que el nombre de Dios era conocido en Siria, Mesopotamia y Canaán ya en el segundo milenio a.C. y sobre todo en el primero, por lo tanto antes y después del establecimiento de los israelíes en Palestina, de hecho existía un dios Yah en la antigua Ebla. Yahvéh, con los siglos, derivó en Jehová aunque las dos formas han coexistido manteniéndose hasta la actualidad. 

[2] Los emperadores de Constantinopla se hacían coronar como emperadores de los romanos.

[3] Se trata del equivalente romano del segundo apellido actual que llevamos los latinos y que entonces solía hacer mención a características físicas. “Paulo” significaba “el pequeño” y por lo tanto San Pablo pudiera haber sido el menor de sus hermanos o sencillamente bajo de estatura; teniendo en cuenta que él prefería que se le llamara Paulo, no Saul, es probable que fuese lo primero (el menor de los hijos de sus padres).

[4] Hay versiones en contra de la inexistencia de la “j” en los idiomas de la Antigüedad alegando que el egipcio si contemplaba la “j” en sus ideogramas pero no debemos olvidar que la escritura jeroglífica está basada en un sistema mixto ideográfico-fonético con lo que desde luego existía el fonema /x/: pero no la letra “j”.

[5] Yahshua sería el verdadero nombre hebreo de Jesús según algunas tradiciones

[6] Se está extendiendo la versión de que Isaías nunca dijo que un niño nacería de una virgen sino de una mujer joven ya que probablemente hubo un error de traducción, de nuevo al trasladar el hebreo al griego.

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